Centro de Historia Intelectual, Departamento de Ciencias Sociales, Universidad Nacional de Quilmes

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Shlomo Sand,

¿El fin del intelectual francés? De Zola a Houellebecq,

Madrid, Akal, “Cuestiones de Antagonismo”, 2017, 242 páginas

 

Tras la reconciliación de los historiadores franceses con la historia reciente, con la cultura y la práctica políticas y un individuo provisto de agencia, la historia de los intelectuales emergió de la indiferencia en que había caído y se fue convirtiendo en un objeto de investigación autónomo cada vez más estudiado. Así pues, desde hace unos treinta años, la recurrencia de ensayos históricos en Francia sobre los –y, sobre todo, sus– intelectuales, ha sido y continúa siendo sumamente profusa. Situado en los límites de aquella tradición, el historiador israelí de origen austríaco Shlomo Sand –formado en París con una tesis sobre Jean Jaurès y actualmente profesor emérito de la Universidad de Tel Aviv– acaba de añadir a ese acervo una de las últimas piezas con un trabajo cuya versión original francesa data de 2016. Sin embargo, con ¿El fin del intelectual francés? nos encontramos, no con una, sino con tres obras de diferente naturaleza y originadas por reacciones de tres clases: el desengaño del militante, la precisión del historiador y la insurgencia del ensayista.

La “primera obra” –que incluye las cincuenta páginas iniciales con el Prefacio y la Introducción– es de carácter esencialmente autobiográfico y remite a los desengaños intelectuales de un autor que nunca ha abandonado sus ideales políticos. Y honrando tal continuidad, Sand no tiene piedad: buena parte de los intelectuales que ha elegido mencionar pierden su halo de inmunidad y se desploman, uno tras otro, como piezas de un dominó que, en realidad, nunca pareció haber conservado su equilibrio. Allí, por ejemplo, asume la decepción que le provocó descubrir que los héroes de su juventud, en particular Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, no habían sido los valientes ciudadanos que enfrentaron con pública entereza la Ocupación alemana, sino unos “parisienses comunes y corrientes que se interesaban más por arreglárselas lo mejor posible y publicar sus obras que por militar en la Resistencia”. Sin, desde luego, acusarlos de colaboracionistas, el hecho de que, por ejemplo, ambos hayan abandonado a su suerte a Blanca Lamblin, una de sus compañeras judías de tríadas sexuales, o que Beauvoir haya presentado en 1940 un certificado de “arianidad” para continuar ejerciendo como maestra, hicieron que Sand experimentara una honda perturbación. Lo mismo cabría decir del film documental Shoah (1985), del realizador francés Claude Lanzmann, que Sand deplora tras pretender convertirse en el compendio visual de la destrucción de los judíos, mientras omitía cualquier conexión entre Francia y el exterminio, silenciando las miles de víctimas que partieron de París rumbo a los campos de concentración y escindiendo la “solución final” de cualquier vínculo con la indiferencia de la “alta cultura” ante tamaña catástrofe. Y dejemos que el lector descubra por sí mismo lo que depara para Albert Camus. Con todo, sería un error confundir este estilo con los prejuicios morales a que nos tiene habituados Michel Onfray en sus lecturas psicologizantes de divulgación filosófica. En Sand no hay ni un ejercicio de fiscalización ni tampoco una estridencia de alborotador, sino un historiador de oficio que opta por un tipo de ensayo insurrecto, pero asentado sobre una cuidadosa investigación en aras no solo de hundir antiguas vulgatas, sino de trazar una nueva epistemología que sea capaz de abordar fenómenos históricos que permanecen cautivos de las distorsiones del sentido común o de los intereses que los han situado en un lugar casi inerte y sacralizado que nadie discute o se atreve a discutir. Pero lo hace con rigor y sin prejuicios morales. Y este objetivo es muy visible en una de sus grandes obras, El siglo XX en pantalla (2004) que, sin ánimo de ensombrecer a Marc Ferro, debemos reconocer como uno de los trabajos más agudos que se han escrito sobre las relaciones entre el cine y la historia.

En la “segunda obra” –compuesta por los primeros cinco capítulos–, Sand abandona la reflexión conceptual y toma las riendas del trabajo histórico propiamente dicho al recuperar cinco episodios de la historia de los intelectuales con los cuales busca desentrañar la representación que estos construyen de sí a través de algunos de sus ensayos. Sin embargo, lejos nos encontramos, por tomar solo algunos ejemplos familiares traducidos al castellano, del registro panorámico de Pascal Ory y Jean-François Sirinelli (1986), de la crónica prosopográfica de Michel Winock (1997) o del balance historiográfico de François Dosse (2003). No estamos ante ninguna pieza admirativa ni descriptiva, sino ante un trabajo de corte bourdesiano que recuerda más la línea de, por ejemplo, Gisèle Sapiro, pero, desde luego, en clave histórica. En principio, analiza el caso Dreyfus (o los casos, según el autor) señalando una nueva periodización para interpretarlo, affaire que, no obstante, sigue funcionando como un punto de partida tradicional para pensar una historia de los intelectuales. Luego, ofrece una serie de retratos en espejo con ánimo comparativo entre Voltaire y Rousseau, Comte y Tocqueville, Julien Benda y Paul Nizan, Sartre y Raymond Aron para culminar con la figura en soledad de Pierre Bourdieu. El tercer capítulo pasa revista a algunos intelectuales marxistas como Karl Kaustky, George Sorel (recuperando buena parte de lo dicho en su primera obra publicada, L’Illusion du politique. Georges Sorel et le débat intellectuel 1900, de 1984), Paul Lafargue y, desde luego, Antonio Gramsci. El cuarto capítulo es una reflexión sobre los intelectuales que simpatizaron con el fascismo, y con el quinto recupera el término “intelectual específico” de Foucault y rastrea la vertiginosa desintegración de esa figura en manos de los medios de comunicación y las trifulcas en un espacio público dominado por el culto a la imagen. El objetivo de Sand no es otro que contrastar aquellas representaciones y estrategias de visibilidad que los intelectuales edifican en torno de su figura pública con los supuestos vínculos indivisos que existirían entre la exposición de ese rol, la crítica del sistema y la ética política. Cabe recordar que este registro crítico ya fue empleado por el autor en dos de sus últimas obras donde, de un modo brillante y contundente, también se propuso derribar mitos, La invención del pueblo de Israel (2011) y La invención de la Tierra de Israel (2013), dos trabajos que tuvieron una fuerte repercusión pública (y particularmente feroz) en una parte de la comunidad israelí de historiadores.

Con la “tercera obra” (los últimos dos capítulos), estamos ante la insurgencia de un ensayista que se propone subrayar y denunciar el perfil intolerante de los intelectuales neoconservadores, autores de grandes éxitos editoriales que, por detrás de un ropaje de izquierda, han invadido el espacio público francés. Según Sand, estos “intelectuales”, en nombre de un engañoso espíritu de transgresión, han construido su legitimidad, no a partir de sus obras, sino sobre la base del anuncio televisivo que de ellas hacían antes de su lanzamiento, de sus puntuales apariciones mediáticas y, sobre todo, del nuevo blanco que los ha mancomunado en una cruzada compartida: la islamofobia. Y allí Sand critica sin un ápice de compasión, en primer lugar, al “seudonihilista” Michel Houellebecq de la novela Sumisión (2015), donde relata la transformación de una Francia que, en pocos años, se convierte en musulmana. Luego, retoma la técnica de los retratos en espejo para Éric Zammour y Alain Finkielkrauten, quienes encuentran un nuevo espíritu barresiano cuando proclaman las amenazas del “despertar musulmán” y la vorágine “antirrepublicana” que estarían azotando a una Francia “endeble”. Finalmente, tras lamentar los atentados contra el semanario satírico Charlie Hebdo de enero de 2015, desvela la trama del humor étnico selectivo y la injusta estigmatización de todo lo que concierne a la cultura árabe. Recordemos que Shlomo Sand fue una de las pocas voces en disentir con el consenso público que había provocado aquella tragedia con un artículo titulado “Je ne suis pas Charlie”, publicado seis días después de los atentados.

Pese a las particularidades de esta obra dentro del espectro antes mencionado, cabe señalar, no obstante, que de ningún modo navega en soledad. En realidad, pertenece a un contexto francés muy específico e inmediato donde confluyen Le Discours “néo-réactionnaire” (2015), dirigido por Pascal Durand y Sarah Sindaco, Ce paysquiaime les idées. Histoire d’une passion française (2015), del historiador británico Sudhir Hazareesingh (publicada simultáneamente en inglés y en francés) y Pour un suicide des intellectuels (2016), de Manuel Cervera-Marzal. En todo caso, si es verdad que un fenómeno social se convierte en objeto de investigación histórica cuando se encuentra en crisis o ya ha desaparecido, se diría que, con esta objetivación sin concesiones del intelectual, estaríamos ante un punto límite: o bien se trata del último acto de su extinción, o bien asistimos al umbral de su implacable transformación. De hecho, tal es la pregunta que Shlomo Sand se hace al titular su obra ¿El fin del intelectual francés? sin que arroje para ella, afortunadamente, ninguna incauta predicción de historiador.

Andrés Freijomil

UNGS