Centro de Historia Intelectual, Departamento de Ciencias Sociales, Universidad Nacional de Quilmes

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Guillermo Korn,

Hijos del Pueblo. Intelectuales peronistas: de la Internacional a la Marcha,

Buenos Aires, Las Cuarenta, 2017, 325 páginas

 

El libro de Guillermo Korn puede ser emplazado en una dinámica historiográfica apta para describir lo ocurrido en los estudios sobre el primer peronismo durante las últimas décadas. Para caracterizarlo de una manera esquemática, y por eso fácilmente comprensible, se trata del paso de la inexistencia a la visibilidad como objeto historiográfico. Del mismo modo que sucedió con la historia del Partido Peronista, del sindicalismo obrero, de la política industrial, de la cultura popular, lo que era representado como una no historia en lo tocante a la vida intelectual –pues si había algo a estudiar solo podía ser admitido en el espacio del antiperonismo– ha dado paso a una visión según la cual la Argentina del período 1945-1955 estuvo lejos de subsumirse en la preeminencia de Juan y Eva Perón, en el Estado o en la propaganda. O lo que es lo mismo, que esa historia sustraída a la historicidad para el tema intelectual había sido inapropiadamente reducida al abandono peronista de asuntos juzgados secundarios a católicos tomistas, nacionalistas inscitus o más en general a insípidas flores de ceibo. En verdad esa idea pertenecía a una persuasión más amplia, por fortuna en crisis. El relato sobre el autoritarismo de un consenso pasivo impuesto sobre una población inerte se ha tornado inverosímil en cualquiera de los ámbitos antes mencionados. La credibilidad de la narrativa de una excepcionalidad peronista se acerca hoy demasiado –más que a las matizadas tesis de Gino Germani en 1956– a escritos de batalla como La mujer del látigo, de Mary Main.

Alguna vez deberíamos preguntarnos si durante largas décadas no se ha impuesto al primer peronismo una noción deshistorizada de su reducción a una idea simple, una sobreideologización que hizo del mismo una maquinaria consolidada hacia 1949, ya apresada en el andarivel que lo condujo hasta 1955. Las investigaciones recientes sugieren que en el ámbito de la cultura sucedió también lo verificado en la economía y la política de la “Argentina peronista”, a saber, que la situación de posguerra estaba plagada de incertidumbres, que el movimiento peronista era un compuesto inestable de múltiples fuerzas y orientaciones, que la palabra de Perón –indudablemente decisiva– era interpretada de distintas maneras por actores distintos y a menudo en competencia, que los conocimientos aplicados a los sueños de planificación y peronización eran muy escasos, que en la enseñanza primaria se hacían muchas cosas con los manuales en los que no todo se subyugaba en “Evita me ama”, etc., etcétera.

La visibilización de la historicidad del tema peronista y la vida intelectual tiene un importante precedente en el libro de Flavia Fiorucci Intelectuales y peronismo (2011). La perspectiva de Korn se desplaza de la aproximación estructural de la sociología de la cultura que es premisa de la aplicación del término “campo intelectual”. Su “método”, según lo denomina Korn, consiste en reconocer trayectorias biográficas que permitan generar “zonas de afinidad o diferencia”, cuyo entramado construye sin embargo un tema.

El libro está compuesto por capítulos dedicados a cinco escritores que se acercaron de maneras distintas al peronismo: Luis Horacio Velázquez, Elías Castelnuovo, José Gabriel, Jorge Newton y César Tiempo. Se trata de autores ausentes en los cánones intelectuales en competencia en la historiografía de la cultura (en pocas palabras, Sur, la genealogía del contornismo, la retícula de Imago Mundi), aunque deberíamos preguntarnos si esa marginalidad no plantea un falso problema. Esto es, si la presunción de un centro y sus periferias o subsuelos no habla más de la imaginación de quien analiza que de la realidad menos unívoca de la Argentina de la inmediata segunda posguerra.

Los cinco escritores siguen un itinerario similar, desde los años treinta cercanos al boedismo y al mundo de Claridad, a la opción republicana a propósito de la Guerra Civil Española. Con cronologías heteróclitas en su acercamiento, hacia 1951 todos circulan de algún modo –y ese modo situacional es lo que Korn intenta explorar en cada caso– en la red de afinidades con el peronismo. La expropiación del diario La Prensa y la aparición de su suplemento cultural en ese año es sin dudas un hilo conductor en los entrecruzamientos de caminos.

El subtítulo del libro (“intelectuales peronistas”) no es enteramente fiel a la imagen de conjunto provista, pues Korn muestra que la noción de identidad es inadecuada para retratar los recorridos de los escritores de izquierda desde los años treinta y primeros cuarenta para quienes el peronismo constituye una apuesta cultural y política. El proyecto de Perón despierta simpatías compartidas por los intelectuales estudiados, pero lo hace con actitudes y compromisos múltiples. Velázquez y Newton son los más orgánicos a la sociedad política peronista, sea desde espacios institucionales en el Estado o en el Partido Peronista. En cambio, Castelnuovo, Gabriel y Tiempo son escritores que optan por apoyar al peronismo sin asumir siempre, o del mismo modo, una identificación definitiva. Lo que Korn expone convincentemente es que hubo una relación viable entre intelectuales de izquierda y un peronismo siempre complejo. El que hubiera una relación involucra que ambos términos del vínculo son activos, despliegan tácticas, negocian límites y posibilidades, cambian.

Para el autor, 1945 o 1951 están lejos de ser el comienzo de su historia. Korn es un arqueólogo que recoge numerosos indicios de los decenios previos al peronismo y los teje en secuencias sorprendentes. Sobre todo de Velázquez y Newton sabíamos poco y mal antes del libro de Korn, por lo que sus referencias serán una cantera de ulteriores monografías. Al evadir la “sociología de la cultura”, es también un archivista y un bibliotecario. Cada capítulo contiene informaciones de diversa naturaleza sobre autores no canonizados, donde se traman conexiones entre revistas, asociaciones, acontecimientos, de los que no son ajenos lemas de la revolución anticapitalista y del antiimperialismo, de la redención popular y de una cultura denuncialista. Las maneras en que cada uno de los cinco escritores se situó respecto de las posibilidades abiertas por el peronismo y, sobre todo, por las fracturas generadas en su emergencia, fueron diferentes. Korn afirma que de conjunto, sin perder sus singularidades, intentaron “encontrar y producir motivos de izquierda en el peronismo”. La reconstrucción de los antecedentes a 1945 o 1951 procura contextos en los cuales esos proyectos, sin ser concreciones de una evolución inexorable, devienen comprensibles. El peronismo preserva su carácter doble de acontecimiento y de aspirante a régimen, pero no es destino. Tal vez la reconstrucción deviniera más compleja si se incorporaran las fronteras que el peronismo
–como es esperable de toda voluntad política– trazó a los “motivos de izquierda” (como lo hizo con los “motivos” forjistas y católicos, entre otros) en el escenario de un país indeleblemente transformado con su acaecimiento. 

El libro de Korn está henchido de nombres y proyectos, publicaciones y asociaciones, lo que genera una narración abierta, polémica y dinámica. ¿Produce así un retrato de época en lo atinente al vínculo entre escritores de izquierda y peronismo? Creo que no lo hace plenamente y en buena medida es la opción del libro. Korn se acerca al enfoque de Horacio González en Restos pampeanos (1999), una construcción de retazos y senderos atizada por una pregunta sobre la cultura nacional. Sin embargo Korn añade a la aproximación gonzaliana un detallismo de orfebre en que las inspiraciones dialécticas del maestro adquieren –creo yo– una riqueza mayor. Como si en el plano de las prácticas las conexiones intelectuales fueran solo un ingrediente dentro de una matriz más barroca, la reconstrucción intersecta ideas, libros, revistas, acciones y decisiones, en un caleidoscopio irreductible a una historia intelectual si restringe a esta a interacciones textuales. Korn reconoce los procedimientos y los sentidos intelectuales producidos por los escritores analizados. Por eso interpreta sus ensayos y novelas. Al hacerlo procede como si la noción de un quehacer intelectual fuera inestable, modificable, como si no estuviera consolidada en esas clasificaciones que un uso desaprensivo de Bourdieu ha naturalizado y tornado impensables. Tal vez Simmel fuera una compañía filosófica más apta para iluminar lo que Korn denomina su método. En todo caso, para empezar a observar la otra cara de la moneda, siempre se paga un precio por las decisiones metodológicas y por la sensibilidad del autor hacia los detalles.

Los cinco escritores estudiados no podrían, en esa tesitura, agotar el tema del lugar del peronismo en una historia de la cultura en el país austral. ¿Cuántos casos consolidarían una imagen de conjunto alternativa a la que Korn opone su tesis? Esta no es una objeción. Pues lejos de constituir un déficit, Hijos del Pueblo cuestiona la persuasión de que se pueda proveer una idea del asunto sencilla y prêt-à-porter. De allí que si Korn expone algo diferente a una historia de la cultura o de los escritores del período, tampoco avance hacia un más acotado universo de la intelectualidad de izquierda. Su objeto evade las identidades presuntamente compactas e impermeables para elaborar el entre lugar suscitado por la novedad del peronismo en escritores familiarizados con significantes tales como clase obrera, pueblo y revolución social. Desde ese punto de vista son desencaminadas las interrogaciones de si eran “realmente” de izquierda o dejaron de serlo, si se hicieron “verdaderamente” peronistas o si especulaban con una consagración alternativa, etc. Es cierto que el entramado global del libro (en el que los cinco nombres se entrecruzan con varias docenas de itinerarios) no coagula en la síntesis narrativa de una multiplicidad fáctica. Esa representación de conjunto permanece implícita o, a veces, emerge en la lectura, como en la mímesis III ricoeuriana. ¿Basta con ceder esa tarea al público lector? Ese es el precio a pagar: la asimetría de un combate interpretativo que pugna contrarretratos simplificadores del lazo peronismo/intelectuales pero se abstiene de afirmar una contraimagen general.

Korn parece dispuesto a asumir los costos de su decisión porque se trata de una tesis: hilvanar itinerarios, motivos, temas o aspectos describe mejor la trama cultural que las síntesis molares. Porque la relación entre intelectuales y política es de heterogeneidad, de apuesta e incertidumbre. Los intelectuales habitan en “zonas grises”, sostiene el autor, sin que por eso sean espectros impotentes en un juego unilateralmente definido por la razón política.

Una lectura posible de Hijos del Pueblo es la que, con el kirchnerismo, ha repuesto la pregunta sobre intelectuales de izquierda y peronismo. Más allá del espacio Carta Abierta pero ciertamente con su concurso, en su tiempo kirchnerista el peronismo en una modalidad de centro-izquierda constituyó la primera ocasión en que la dirigencia transitoriamente principal del movimiento nacido en 1945 ofreció un lugar a la intelectualidad. El kirchnerismo reaccionó así a la propia emergencia entre las y los intelectuales –primero a propósito del reinicio de los juicios a perpetradores de la represión dictatorial, luego en el contexto del “conflicto del campo” en 2008– de un nuevo entusiasmo por la reconexión entre sus quehaceres específicos y una política juzgada progresista. Al respecto se plantearon temas clásicos referidos a la función crítica, de la autonomía, entre otras. Las posturas ante tales asuntos no podían ser, claro está, unánimes.

El libro de Guillermo Korn es valioso en varios planos. En principio ya no puede decirse sin más que si hubo intelectuales “peronistas” estos fueron solo nacionalistas o católicos sociales. Un paciente trabajo de recolección de fuentes suscita una lectura atenta, expectante ante el descubrimiento de textos usualmente “bajos” en la notabilidad tradicional, pero de gran interés por las conexiones con su concurso puestas de relieve. La pasión interpretativa se oculta mal en las declaraciones deconstructivas y las prevenciones empíricas. Que al autor apetezca mostrarse cauto no significa que su texto se someta dócilmente a sus deseos. Subsiste en Hijos del Pueblo el bosquejo de una teoría de la cultura. Incluso si los recorridos perseguidos por Korn prosperan lejos de una incidencia en la “reforma intelectual y moral” suscitada por el peronismo en la cultura popular, participan de ella. En efecto, el libro de Korn puede ser leído también como una historia de los escritores –como quisieron Febvre con su Rabelais y Ginzburg con su molinero friulano– situados entre la “alta cultura” y la cultura popular.

Korn no avanza decididamente en ese sentido. Su objeto son esos cinco “intelectuales”. El que lo fueran es en sí misma una tesis. Quizás no lo fueran con el albedrío de oponerse abiertamente a la razón política, aunque en consideraciones de esta naturaleza no podemos dejar de sospechar que las mismas obedecen a una concepción unilateral de las faenas intelectuales. ¿Por qué desde Voltaire a Said la compostura intelectual debe enfrentar al poder, mantenerse a una higiénica distancia del Estado o de un líder político? ¿Prestar concurso a un proyecto político es necesariamente lesivo para el quehacer intelectual? ¿Por qué le estaría vedado ser, en cambio, su nutriente y desafío? La sabiduría historiadora aconsejaría más bien esforzarse por restituir qué hicieron los escritores con sus destrezas específicas en circunstancias atenazadas por decisiones y opciones jamás del todo clausuradas. Acaso asumir los desgarramientos de comprometerse en un proyecto con voluntades encontradas y la vocación de interactuar con los agenciamientos populares fuera lo más “intelectual” que los intelectuales pudieran hacer en una realidad indómita.

Finalmente, el volumen de Korn es también en sí mismo una protesta contra la violencia de las canonizaciones, de las invisibilizaciones propias de las visibilidades jerarquizantes, la vindicación de que un documento de cultura no es siempre y en todo momento un documento de barbarie.

Omar Acha

UBA/CIF/CONICET