Una vez más en torno a la racionalidad de la lealtad peronista:

Notas a propósito de un texto reciente

 

Juan Manuel Palacio*

 

Universidad Nacional de San Martín / CONICET

En rigor, el estudio del peronismo no ha cesado de ser un discurso sobre nuestra peripecia argentina. Las consecuencias de las transformaciones políticas y sociales abiertas en los años cuarenta nos acompañan todavía, lo que vuelve difícil una mirada exterior sobre un pasado cuyos alineamientos y conflictos no han logrado ser totalmente absorbidos en una síntesis nueva. Estudiar dicho pasado ha implicado, pues, con mucha frecuencia, una toma de posición, no a través de la forma rudimentaria de un elogio o una condena sino debido a la tendencia a iluminar ciertos aspectos y a omitir otros.

Juan Carlos Torre[1]

El peronismo histórico, clásico o primero, sigue dando que hablar a los historiadores. Y no solo por su continuada existencia como fenómeno político vivo sino por el poder de atracción que continúa ejerciendo entre los profesionales del pasado el enigma de los liderazgos de masas. ¿Qué cosas mueven a grandes contingentes de personas muy heterogéneas a darle su apoyo a otra que se erige en líder y a expresarle lealtades inquebrantables? ¿Revisten esos apoyos alguna racionalidad o se trata de adhesiones más o menos pasionales o sentimentales? ¿Y deben esos líderes su éxito nada más que a su carisma y a sus discursos seductores o por el contrario (o junto con eso) a que pueden exhibir realizaciones concretas que ameriten esos apoyos? Por fin, ¿cómo (y cuándo) se construye el lazo entre líder y masas? Estas preguntas, muy generales, que atañen a todas las ciencias sociales y han generado mucha literatura tanto teórica como basada en estudios empíricos, son las que también han llevado a los historiadores a abordarlas a propósito de grandes líderes del pasado. En el caso de América Latina, destacan por su densidad los estudios que se han ocupado de los liderazgos de Getúlio Vargas en Brasil y Juan Domingo Perón en la Argentina, etiquetados como casos de “populismos clásicos”.

En el caso de la historiografía argentina, el abordaje del “enigma peronista” se concentró sobre todo en la interpretación del 17 de octubre de 1945, como punto de partida de ese encuentro entre Perón y las masas trabajadoras –y como mito fundacional del longevo movimiento– y en la composición y racionalidad de los apoyos que se mostraron tanto ese día en la Plaza de Mayo como meses después en las elecciones presidenciales de febrero de 1946 que lo llevaron a la presidencia de la Nación.[2] No es necesario volver a repasar los argumentos que se esgrimieron en esos debates iniciados poco después de su derrocamiento, que son ampliamente conocidos y han sido retomados una y otra vez en trabajos posteriores. Pero, a riesgo de simplificar, cabe decir que desde el principio las posturas se dividieron entre los que proponían que esos apoyos se debieron a la seducción que ejercían las promesas de Perón de mejoramiento social y económico en masas de trabajadores “nuevos” (que habían llegado en los años treinta a los alrededores de Buenos Aires atraídos por la demanda de una industria en expansión y que no tenían organización gremial ni mayor conciencia de clase), es decir, un apoyo más pasional o afectivo que racional, y los que luego discutieron esa idea, llamando la atención sobre la importancia decisiva de los votos de los obreros “viejos” –aquellos pertenecientes a los sindicatos tradicionales y planteando además la absoluta racionalidad de esas adhesiones, en el sentido de que el voto por Perón era la mejor opción electoral para todos los trabajadores (“nuevos” y “viejos”) en febrero de 1946.[3]

Una historiografía posterior abrevó en nuevas bases teóricas que, con justicia, señalaban la necesidad de restaurar la agencia de los sectores subalternos en el devenir histórico, y dio el golpe de gracia a cualquier perspectiva que pretendiera subestimar la acción, individual o colectiva, de los sectores populares o insinuar su irracionalidad. Dicha historiografía sostiene que, aun en caso de extrema debilidad o acuciante necesidad y evidente desventaja, las acciones de los débiles responde a una racionalidad propia, incluso cuando existe una evidente manipulación por parte de los más poderosos. La idea de masas hipnotizadas por promesas vanas y cantos de sirena de líderes a quienes, como Fausto, le venden el alma a cambio de espejismos y obnubilados por un prometido paraíso, cotiza en baja hoy en las ciencias sociales y la historia.[4]

Si bien estos grandes debates no terminan nunca de saldarse, en las últimas décadas la historiografía parecía haber llegado a algunos consensos mínimos sobre los “populismos clásicos”, superadores de esas discusiones de los años sesenta y setenta, como resultado de estas nuevas corrientes y sus hallazgos.[5] En el caso de la Argentina, entre otros consensos, que los trabajadores ofrecieron apoyos a Perón fruto de cálculos muy racionales; que esos apoyos no siempre fueron espontáneos o intempestivos, sino más bien el resultado de una trabajosa construcción de la que participaron tanto líderes sindicales como funcionarios de la Secretaría de Trabajo y Previsión (stp); que la acción de esta última institución, que combinó divulgación y propaganda con medidas concretas (en materia de salarios, organización gremial, otorgamiento de derechos, y defensa y asesoramiento de los trabajadores) fue clave para concitar adhesiones a Perón entre los trabajadores, y que el 17 de octubre fue un movimiento en parte espontáneo y en parte organizado por algunos líderes sindicales, también con la coordinación de funcionarios del gobierno militar, que habilitó y dio un espaldarazo decisivo a la postulación de Perón como candidato a la presidencia.[6]

Frente a estos consensos mínimos –construidos trabajosamente a través de interminables debates e incontables páginas–, o a pesar de ellos, un artículo reciente de Roy Hora nos propone volver a discutir la lógica del “lazo político” del primer peronismo con las masas.[7] Con el objetivo de repensar el 17 de octubre, el trabajo emprende toda una reinterpretación de los primeros gobiernos de Perón y de la evolución de ese “lazo” original hasta su derrocamiento en 1955. Sostiene, así, que la historiografía ha sobreestimado ese día emblemático –trayendo a colación la historia más larga de movilizaciones populares en el país y de los usos de la Plaza de Mayo–, así como las acciones de Perón a favor de los trabajadores desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, que le habrían granjeado el apoyo popular que lo llevó al poder en 1946, ya que en la víspera de las elecciones de ese año Perón era casi un desconocido en buena parte del país y, por lo tanto, “pura promesa”. Por ello, entre los que marcharon a la plaza del 17 de octubre y entre los que le dieron su voto en esas elecciones, “más que lealtad, identidad o interés, hubo apuesta”. En segundo lugar, el trabajo sostiene que Perón quedó desde entonces preso de las promesas hechas a ese electorado reticente y que por lo tanto hay que leer sus políticas a favor de los trabajadores como el intento repetido de, una vez en la presidencia, pagar esa deuda contraída para no perder esos apoyos precarios. Por fin, sostiene que esas políticas proobreristas de sus años dorados le dieron tanto rédito que le alcanzó para ganar la reelección en 1951, a pesar de que, desde 1949, el “cambio de rumbo” lo había llevado a aplicar severas políticas de ajuste, desconocer buena parte de sus promesas originales y a retroceder en casi todo. Así, propone Hora, el 11 de noviembre de 1951 –día de esas elecciones– debería ser considerado el verdadero “Día de la Lealtad” peronista, en reemplazo del 17 de octubre.

Este artículo se propone discutir ese trabajo, en el entendimiento de que es una invitación al debate que no se debe rehuir, sobre todo porque se da en medio de un florecimiento de estudios sobre el peronismo en todas sus épocas, incluida la “clásica”, que no para de crecer. Y en particular porque, en su afán por retrotraer la discusión a asuntos centrales del debate clásico antes referido y discutir con autores que lo protagonizaron, el trabajo parece no reconocer algunos hallazgos de esa nueva y nutrida historiografía que, aunque contradicen algunos de sus argumentos, no merecen su consideración –y en algunos casos, ni siquiera su mención–. Como resultado, el trabajo incurre en algunos problemas de interpretación, que además están escasamente fundamentados.

Este trabajo se concentrará sobre todo en dos. Uno, la idea de que Perón en 1945-46 no tenía mucho que exhibir y que fue su “pura promesa” lo que llevó a sus votantes a hacer una apuesta por él, casi en el vacío. El otro, que el contundente apoyo en las elecciones de 1951 se debió sobre todo al recuerdo de los beneficios otorgados a los trabajadores en los primeros años de su primera presidencia (y no a que la mayoría de esos beneficios seguían vigentes en ese año). El texto comenzará así exponiendo los argumentos centrales del artículo citado para luego concentrarse en esos dos aspectos señalados.

Repensando el primer peronismo

Como se dijo, lejos de ser solo un intento de repensar el 17 de octubre de 1945, el trabajo de Roy Hora quiere proponer toda una nueva matriz explicativa del primer peronismo y en particular de su relación con sus seguidores y votantes. De hecho, es en esto último –y en particular, en su explicación de los apoyos electorales que obtuvo en las dos elecciones presidenciales, de 1946 y 1951– donde se encuentra lo más original de su contribución.

En efecto, dedica sus dos primeros apartados a discutir el supuesto carácter fundacional de los acontecimientos de ese día en la historia de las movilizaciones populares en la Argentina (incluidas aquellas a la Plaza de Mayo), de lo que se jactó Perón primero y todos los peronismos después hasta el día de hoy, erigiéndolo como mito fundacional del movimiento. Frente a ello, el artículo llama la atención sobre una historia más larga de dichas movilizaciones y de los usos populares de la Plaza de Mayo, ya que dice advertir, por parte de la historiografía, “una renuencia a situar al 17 de octubre en una historia más larga de la protesta popular”.[8] La cara visible de esa renuencia historiográfica es el trabajo clásico de Daniel James de 1987, al que el artículo le atribuye una renovada vigencia como portador de “las visiones que describen el 17 de Octubre como el momento de emergencia de una cultura popular hasta entonces acallada o reprimida”.[9]

Para discutir esas ideas, supuestamente vigentes, el trabajo se encarga en estos primeros apartados de recordarnos que el 17 de octubre no nacieron ni las movilizaciones populares ni las protestas en la Plaza de Mayo ni el carácter plebeyo y antielitista de los discursos en esas movilizaciones (el “plebeyismo del lenguaje”) y que por el contrario ya existía en la Argentina de 1945 una “cultura popular contestataria” de larga data (expresada en diversos ámbitos como el turf, el fútbol, el tango, el folclore, y encarnados en personajes como Libertad Lamarque, Gardel o Leguisamo) y una “grilla de interpretación” de las movilizaciones populares, para concluir que “la cultura popular que se expresó ese día en la Plaza de Mayo o en La Plata había venido ganando terreno y cobrando entidad en la vida pública por, al menos, un tercio de siglo”.[10]

Es difícil no coincidir con esta conclusión de Hora, en particular para cualquiera que haya leído los trabajos de Hilda Sábato sobre las movilizaciones populares en Buenos Aires en la década de 1860, o el de Silvia Sigal sobre la Plaza de Mayo, o los muchos otros que se ocuparon de esa historia más larga de la protesta y la cultura popular contestataria en la Argentina previa al peronismo, en los que se apoya de forma exhaustiva y detenida el autor.[11] De hecho, es esa misma historiografía, citada en el artículo, la que hace difícil comprender quiénes podrían ser, además del Daniel James de 1987, los que expresan hoy en día esa “renuencia” a situar el 17 de octubre en una historia más larga de movilización popular en la Argentina. ¿O acaso hay hoy algún estudio historiográfico serio que sostenga que el “plebeyismo del lenguaje” o la cultura política contestataria en la Argentina fueron creaciones de Perón?

Junto con ser casi un lugar común en el entendimiento historiográfico contemporáneo, esta parte de la argumentación del artículo tampoco es original, ya que participa de uno de los rasgos más característicos de la nueva historiografía del peronismo, que consiste en poner bajo la lupa todas las supuestas novedades que trajo consigo en términos de profundas continuidades con el pasado. Así, todos sus logros supuestamente fundacionales e inéditos en la historia argentina (de sus políticas industriales a la movilización obrera, de la legislación laboral al intervencionismo estatal) son ahora interpretados como el producto del discurso autocelebratorio del mismo peronismo en el gobierno y por lo tanto es preciso reubicarlos dentro de una historia más larga y amplia, quitándoles su carácter de fenómeno excepcional.[12]

Es en los últimos dos apartados, que comprenden la segunda parte, donde el texto de Hora encuentra sus ribetes más originales y provocativos. Y también los más cuestionables. Se plantea en ellos preguntas muy generales, como las razones del éxito de Perón en todos sus desafíos electorales y las que llevaron a la gente a votarlo una y otra vez, en particular los sectores populares y obreros. Y para responderlas, Hora elige dos mojones clave: las elecciones presidenciales de 1946 y las de 1951, y para cada una de ellas propone explicaciones diferentes.

En el primer caso, Hora sostiene que los apoyos que Perón obtuvo de los trabajadores en 1946 fueron “endebles e inciertos”, además de exiguos, ya que solo una parte del sindicalismo lo apoyaba y que el mundo sindical era escasamente representativo de los trabajadores. De hecho, apoyándose en la bibliografía, pondera que los obreros sindicalizados eran unos 500.000, que en su conjunto representaban solo el 20 % de los votantes del 24 de febrero. Este tibio apoyo se explica porque Perón, en febrero de 1946, era “un sonriente militar recién llegado a la vida política”, que además tenía poco que exhibir frente al electorado obrero, ya que “el conjunto de iniciativas desplegadas desde la Secretaría de Trabajo y Previsión no había alterado de forma sustantiva la condición del conjunto de la población asalariada”.[13] Como ejemplos de ello, sostiene que los salarios reales no habían mejorado entre 1943 y 1945, medidas como el aguinaldo “estaban en el futuro” y otras como la creación de la justicia del trabajo no influyeron, ya que solo operaba en la Capital y “era prácticamente desconocida en el resto del país”.[14] Por ese motivo, “el argumento más poderoso invocado por Perón para seducir a la ciudadanía no eran sus realizaciones sino sus propuestas”, motivo por el cual, en el curso de la campaña electoral de 1946, más que ostentar sus logros “derrochó ofrecimientos”.[15] Todo esto le hace concluir que “para los manifestantes que concurrieron a la Plaza de Mayo el 17 de octubre, en términos de realizaciones materiales, lo más importante estaba en el porvenir” ya que para entonces Perón “era pura promesa”; y por lo tanto “el 17 de Octubre, más que lealtad, identidad o interés, hubo apuesta”.[16]

El segundo mojón elegido para explicar la evolución de la adhesión de las masas a Perón son las elecciones de 1951, que como es sabido Perón gana con un porcentaje mucho mayor que las de 1946 (63,4%, frente al 52,8% de 1946). En este caso, la explicación elegida por Hora para dar cuenta de esos apoyos, ahora sí decididos y masivos, es el de la lealtad al líder. El recorrido de Hora para llegar a esa conclusión es el siguiente: en la medida en que en 1946 no tenía muchas realizaciones que exhibir y por eso debió deshacerse en promesas, cuando asume la presidencia Perón “no era el portador de un cheque en blanco sino, por el contrario, el deudor de un oneroso pagaré”.[17] Y es por ese motivo, porque necesitaba pagar sus deudas y así legitimar y consolidar la lealtad de sus seguidores, que, ya en el poder, se puso a ejecutar “la política de mejora del ingreso y de incremento del bienestar popular más ambiciosa de la historia nacional”.[18] Más  aún que el tan mentado peligro rojo fue la precariedad de los apoyos populares al inicio de su mandato y “la necesidad de librar una onerosa batalla por el corazón y las mentes de los argentinos de a pie”, lo que “obligó a Perón a conceder tanto en tan poco tiempo”,[19] a provocar esa revolución distributiva, que redundó en el éxito electoral de medio término, en marzo de 1948, en el que pasó del 52,8% de 1946 al 56,4% de los votos.

Siguiendo con el razonamiento, fueron también los efectos benéficos de esa “revolución distributiva” lo que convenció a Perón de que sus apoyos electorales ya eran lo suficientemente abundantes y sólidos como para soportar las políticas de ajuste que siguieron a las crisis macroeconómicas que tuvo que afrontar su gobierno desde 1949.[20] Tras el espaldarazo del triunfo electoral de medio término, Perón inaugura de forma más contundente el “nuevo rumbo”, aplicando planes de ajuste cada vez más severos y dando marcha atrás con muchas de sus banderas “convencido de que ya resultaba políticamente posible tomar mayor distancia de las demandas de sus bases de apoyo, por fin dispuesto a enfatizar la acumulación por sobre la distribución”.[21] Y en eso no se equivocó, ya que, a pesar de esos años aciagos, en los que la inflación creció, el salario real se deterioró y los sesgos obreristas del gobierno se moderaron, el electorado lo volvió a apoyar, todavía con mucha más contundencia, en las elecciones presidenciales del 11 de noviembre de 1951, lo que demostraba que los tres años de penurias y retrocesos no habían logrado empañar los tres anteriores de prosperidad. “El 11 de noviembre le dio a Perón una renovada confianza en que sus seguidores ya no abrigaban dudas sobre el valor diferencial del justicialismo”, y por eso se sintió confiado en que su cambio de rumbo no lo afectaría electoralmente.[22] De ahí que esa fecha –y no el 17 de octubre– debería ser considerada el verdadero día de la lealtad, el día en que el pueblo trabajador “había renunciado a imaginar soluciones políticas fuera del marco justicialista”.[23]

La stp y el período 1943-1946: la verdadera fragua del peronismo

Quizás el punto débil más general del artículo de Hora sea la forma en que considera la abundante historiografía reciente sobre el primer peronismo. Esta expresa con claridad algunos de los acuerdos interpretativos básicos de la historiografía señalados en la introducción de este trabajo. Entre ellos, que la racionalidad de los que apoyaron una y otra vez a Perón no solo es indiscutible sino que fue parte esencial tanto de sus logros como de sus limitaciones; que la interpretación de esos apoyos y de esa racionalidad es compleja ya que no respondían a una única motivación, sino que eran múltiples y diversos; en particular, que ese lazo entre líder y seguidores no se construyó solo en Buenos Aires y en la Plaza de Mayo sino que tuvo características distintas y respondió a racionalidades diversas en cada rincón del país y, dentro de su variada geografía, entre el mundo urbano y el rural; y que el período 1943-1946 y en particular la acción de Perón en la stp es clave para entender el primer peronismo y que es inútil, además de equivocado, tratar de entender cabalmente octubre de 1945 o febrero de 1946 sin noviembre de 1943, cuando Perón se pone al frente de dicha Secretaría. Y, sin embargo, nada hay en el artículo de Hora sobre esos años. Tampoco considera los apoyos (electorales y de los otros) recibidos por Perón en el interior del país o en el mundo rural en ese mismo período ni desglosa (o discrimina o pondera) la presencia de distintas racionalidades en los apoyos que registra en los momentos clave que analiza. Todos, parece decir, apoyaron a Perón en 1946 por una razón, todos en 1951 por otra.

Basado en la historiografía reciente, este apartado se concentrará en las acciones concretas de Perón en la stp durante los años previos a la elección de 1946, con el propósito de discutir la idea de que frente a ese desafío electoral no tenía nada que exhibir, que era “pura promesa” y que además él y sus acciones eran en la víspera de la campaña casi desconocidos fuera de Buenos Aires.

Como es sabido, en las últimas décadas la historiografía sobre el primer peronismo ha experimentado un crecimiento vertiginoso basado en investigaciones, preguntas y análisis originales y en bases documentales muchas veces inéditas o poco exploradas, que parece no dejar ningún rincón de esas primeras presidencias sin explorar.[24] Esto es así incluso en casos en los que la existencia de fuentes primarias es escasa y se sugiere una destrucción sistemática después de 1955, como es el de la investigación sobre la Secretaría de Trabajo y Previsión desde su creación por Perón a fines de 1943. La reconstrucción de su historia se dificulta por la falta casi total de archivos de su actuación, tanto en su sede central de Buenos Aires como en sus delegaciones regionales, que se desplegaban en todo el país y jugaron un rol decisivo en la política del organismo y en el origen del peronismo. Esto no ha impedido sin embargo que, a través de fuentes indirectas como declaraciones, debates parlamentarios, discursos oficiales y fuentes periodísticas, del inmenso aparato legislativo que se generó en su seno y sobre todo de la indagación quirúrgica de huellas de las actuaciones administrativas en los conflictos laborales que tenían lugar en sus delegaciones regionales, se haya podido hacer una reconstrucción muy valiosa de la historia cotidiana de la stp y del rol fundamental que cumplió desde su creación, en el período 1943-46 y en los años posteriores.[25]

Estos trabajos vienen demostrando que la stp –la institución elegida por Perón para desarrollar su carrera política dentro del gobierno militar surgido el 4 de junio y para ejecutar un plan integral de intervención social, centralizado y coordinado desde Buenos Aires– diseñó y ejecutó un programa legislativo en materia de derecho laboral muy exhaustivo y que, a través de su despliegue en distintas delegaciones regionales por todo el país, puso un empeño inédito por hacer llegar de forma muy eficaz su aparato de regulación de las relaciones laborales a todos los rincones del territorio nacional y de difundir el conocimiento de la ley y sus derechos entre los trabajadores.[26] Este despliegue no solo provocó un cambio profundo entre estos últimos, que adquirieron mayor conocimiento de sus derechos y nuevas habilidades procesales, sino que generó en ellos una nueva y favorable percepción del Estado, que ahora veían como amigable y al que inequívocamente relacionaban de forma directa con Perón. Estos cambios y estas nuevas percepciones, si bien no fueron inmediatos, se fueron forjando desde el momento mismo de la transformación del Departamento de Trabajo por Perón en Secretaría a fines de 1943, con la aparición de los primeros decretos de 1944 y 1945 (que establecieron el Estatuto del Peón, la justicia laboral, el aguinaldo, el salario mínimo, las vacaciones pagas o la doble indemnización por despido) y, si bien se van a profundizar y fortalecer en años posteriores, ya eran una realidad palpable para los trabajadores de todo el país en febrero de 1946.

Esta afirmación general es avalada por la investigación que se ha ocupado de la conformación del peronismo en las distintas provincias argentinas, incluso en sus ámbitos rurales donde, bien vale la pena recordarlo, se decidió buena parte de la suerte electoral de Perón en las elecciones de 1946.[27] No podía ser de otra manera ya que, según el Censo Nacional de 1947, levantado al año siguiente de la elección presidencial, la población rural representaba el 37,5 % de la población del país y el 43 % como promedio en las provincias, con variaciones que van desde picos de alrededor del 70 % en algunas como Santiago del Estero, Catamarca, Corrientes, Jujuy o La Rioja, hasta otras con gran importancia poblacional (y electoral) como Córdoba, Mendoza, Entre Ríos o Tucumán, con promedios del 50 %.[28] Eso tuvo un necesario correlato en términos electorales: casi el 70 % de los que emitieron su voto en las elecciones de 1946 vivían fuera de la ciudad de Buenos Aires y sus partidos circundantes.[29] Dado ese abrumador peso electoral del “interior” del país y de su mundo rural, su consideración es insoslayable en cualquier intento de interpretar las lógicas de las adhesiones al peronismo, los apoyos electorales y su triunfo en 1946.[30] En especial, si se quiere sostener que las promesas que hacía este desconocido desde Buenos Aires eran apenas audibles en los lejanos espacios provinciales.

Por el contrario, si algo demuestran los trabajos recientes sobre esos espacios es que la acción de la stp, a través de sus delegaciones regionales, era para ese año eleccionario ampliamente conocida en todos los rincones del país, y que se la asociaba de forma muy clara a la figura de Perón, tanto por parte de sus beneficiarios directos como por parte de sus detractores. Estas delegaciones se ocupaban de difundir las leyes y regulaciones en materia laboral que emitía cotidianamente la Secretaría, de recibir las denuncias de trabajadores por infracciones a esas leyes, de asesorarlos legalmente y ayudarlos a formular una demanda, y eventualmente de representarlos legalmente ante el caso de de un juicio. Junto con eso, en dichas delegaciones se promovía la agremiación de trabajadores a nivel local y regional, y en tal sentido fueron también un importante instrumento de movilización política entre sectores hasta entonces aislados, como los trabajadores rurales.

En particular, una de las funciones de la stp que no pasaba desapercibida entre trabajadores y patrones apenas se instalaba una delegación regional en sus pagos era la que cumplían sus comisiones de conciliación, que constituían para ellos una primera instancia obligatoria cada vez que se presentaba un diferendo o un reclamo. Se trataba de una instancia prejudicial, que sin embargo comenzó a formar parte de la vida cotidiana de trabajadores y empleadores en todas las regiones del país, pero que sobre todo afectó, por lo inédito, a los trabajadores rurales y sus patrones, desacostumbrados hasta entonces a esa novedosa injerencia del Estado en sus relaciones contractuales. Es por ello que, aun cuando los tribunales del trabajo no se crearon en las provincias hasta después de la llegada de Perón a la presidencia de la Nación, como sostiene Hora, la justicia laboral ya había desembarcado en todo el país a través de estas comisiones que operaban en las delegaciones de la stp. En ellas se impartía justicia bajo los principios del moderno derecho del trabajo, nacido a principios del siglo xx, que guiarían luego a los nuevos tribunales del trabajo.[31] La importancia de estos organismos de conciliación como instancias eficaces de resolución de conflictos entre trabajadores y empleadores, tanto como espacios de aprendizaje de la ley y sus derechos entre los primeros, está suficientemente documentada en muchos otros trabajos de los últimos años. Fue en esos ámbitos y a través de esos procesos que los trabajadores fueron forjando una nueva conciencia de clase, y paralelamente una adhesión al peronismo que se demostró muy pronto inquebrantable.

Algunos ejemplos de trabajos recientes bastan para ilustrar el fenómeno. Adriana Kindgard ha demostrado con claridad la importancia decisiva que tuvo la instalación de la delegación regional de la stp en Jujuy para el mejoramiento salarial y de las condiciones laborales de los trabajadores mineros de la puna jujeña ya desde 1944. Su acción fue clave tanto en la conformación de sindicatos locales como interviniendo en huelgas y decretando aumentos salariales, como el del 40 % que concedió a los trabajadores de la mina Pirquitas en 1944, así como mejorando a través de decretos las condiciones laborales de los obreros azucareros. Es por estas acciones que la autora concluye:

Al igual que los obreros industriales de los grandes centros urbanos del país, los trabajadores mineros de la puna jujeña iban a ser receptivos a la prédica de Perón y sensibles al impacto de subas de salarios, leyes laborales y al reconocimiento político-social dispensado, lo que se reflejó en el amplio apoyo electoral al nuevo líder en las elecciones del 24 de febrero de 1946.[32]

Para el otro extremo del país, los trabajos de Enrique Mases y Gabriel Rafart han demostrado que la presencia de la stp fue igualmente decisiva en los territorios de Río Negro y Neuquén en los dos años previos a 1946, en particular en lo referido a la observación de las leyes laborales. En dichos territorios, adonde no había habido nunca delegaciones del Departamento Nacional de Trabajo,

[…] el panorama se ve substancialmente modificado por la llegada de la nueva administración nacional tras el golpe del 4 de junio de 1943. Los tres años hasta las elecciones de 1946 se nos presentan como un corto período de novedades por parte de la administración territorial en consonancia con la nacional, especialmente en lo que hace al control y aplicación de la ley laboral […] El comportamiento de algunos funcionarios del Estado, sobre todo a partir de 1943, imbuidos de la orden de cumplimiento de la legislación existente, moviliza y en gran parte lleva a los rincones más alejados del territorio los derechos laborales que benefician a importantes porciones de los trabajadores rurales.[33]

Esta actividad se advierte ya desde principios de 1945 en el hecho de que la delegación de la stp de Río Negro comienza a publicar balances de su actividad, sobre todo en materia de expedientes tramitados, entre los que se contaban demandas de trabajadores en concepto de indemnizaciones, sueldos impagos, incumplimiento del Estatuto del Peón, descanso dominical, entre otros.[34]

En otro trabajo sobre la misma zona, concentrado en los peones rurales de la vera del río Limay, Ernesto Bohoslavsky y Daniel Caminotti llegan a conclusiones igualmente contundentes sobre la base de un conjunto de testimonios orales de trabajadores y encargados de estancias activos en las décadas de 1940 y 1950:

En sus relatos, los peones señalan la irrupción del peronismo como una violenta intervención del estado en su mundo laboral. Este impacto se expresó en la creación y cumplimiento efectivo de una más amplia legislación laboral referida a las condiciones de trabajo y la duración de la jornada, montos salariales, atención sanitaria, etc. La llegada de los inspectores de la Secretaría de Trabajo y Previsión Social (s. t. y p. s.), al parecer mucho más frecuente de lo que los estancieros deseaban, se tornó una constante que fue interpretada por los peones en el sentido de que un agente estatal por primera vez se ponía de su lado.[35]

Estas acciones generaron una rápida adhesión de los trabajadores a la causa peronista, y activan la movilización política tanto de trabajadores como de comunidades indígenas, generando a poco de andar una sólida y perdurable fidelidad electoral al peronismo, que en el caso de estos territorios –cuyos habitantes no estaban habilitados a votar candidatos a puestos nacionales en 1946– solo pudo manifestarse en las elecciones presidenciales de 1951, en las que Perón obtuvo apoyos porcentuales más altos que el promedio nacional.[36]

El mismo celo en la aplicación de las leyes laborales se constata en la Delegación Regional de Córdoba y sus subdelegaciones en distintas ciudades, según destaca Virginia Romanutti en base a uno de los pocos registros documentales de la stp que, aunque muy fragmentarios, se conservan. Puede observarse en ellos cómo ya en 1944 dichas dependencias atendían demandas similares de trabajadores (por despidos, horarios de trabajo, infracciones a leyes obreras) y cómo estos identificaban claramente el accionar de esas dependencias con la figura de Perón, a quien con frecuencia invocaban con nombre y apellido al iniciar las acciones. Esa misma identificación con la figura presidencial era la que generaba algún recelo entre las autoridades provinciales encargadas de ejecutar las decisiones de la Delegación (como la policía provincial o los jefes políticos, identificados con los conservadores), que algunas veces se traducía en pequeños sabotajes para impedirlas o dificultarlas.[37]

Estos son solo algunos ejemplos de un repertorio más amplio de trabajos sobre el rol de la stp en los años formativos del peronismo en otros espacios provinciales y en ámbitos rurales, que constituyen una agenda de investigación que continúa su curso.[38] Dicho corpus permite corroborar que Perón no solo era bien conocido en todo el país en 1946, incluidos los rincones más alejados del mundo rural, sino que, sobre todo gracias a la acción de las delegaciones de la stp, ya había construido buena parte de su liderazgo entre los trabajadores del interior y entre los peones –así como entre los numerosos arrendatarios y aparceros– que fueron decisivos en su triunfo electoral de 1946.

Perón, por su parte, era perfectamente consciente del fenómeno que se venía gestando en el seno de las delegaciones regionales de la stp y de las adhesiones que estaba cosechando entre los trabajadores rurales del país y de las diferentes provincias. Es por eso que, durante la breve campaña electoral de 1946, junto con “derrochar ofrecimientos” no dudó en jactarse de sus logros, que eran muy palpables. Así, por ejemplo, lo que expresaba el 10 de febrero en la ciudad de Rosario:

Nuestro movimiento es un movimiento de trabajo, por eso es un movimiento humilde y noble. Ha nacido bajo el esplendor de una creación que representa el trabajo argentino en su organización y defensa, que es la Secretaría de Trabajo y Previsión. Ha comenzado con hombres humildes que hicieron la bandera de su defensa en apoyo de la Secretaría de Trabajo y Previsión, que puso en ejecución leyes que en este país cuando se trataba de defender el trabajo no se habían cumplido jamás.[39]

Y dos días después, en ocasión de la proclamación de su candidatura en la Plaza de la República de la ciudad de Buenos Aires:

Desde que a mi iniciativa se creó la Secretaría de Trabajo y Previsión, no he estado preocupado por otra cosa que por mejorar las condiciones de vida y de trabajo de la población asalariada. Para ello era menester el instrumento de actuación, y la Secretaría de Trabajo y Previsión resultó un vehículo insuperable en tal sentido. La medida de la eficacia de la Secretaría de Trabajo y Previsión nos la dan tanto la adhesión obrera como el odio patronal.[40]

Dentro de esa acción benéfica más general, Perón se preocupaba por resaltar la más específica de la justicia laboral que se impartía en el seno del organismo:

Se acabaron las negativas de los patronos a concurrir a los trámites conciliatorios promovidos por los obreros, se terminaron las infracciones impunes a las leyes del trabajo; se puso fin a la amistosa mediación de políticos, de grandes señores, de poderosos industriales, para lograr que la razón del obrero fuese atropellada. La Secretaría de Trabajo hizo justicia estricta, y si en muchas ocasiones se inclinó hacia los trabajadores, lo hizo porque era la parte más débil en los conflictos. Creo que en esa subversión de las partes en conflicto se encuentra la verdadera obra revolucionaria que hemos realizado y que, por su efecto psicológico, tiene mayor valor y más amplia trascendencia que todas las demás.[41]

La talla de la acción de Perón en la stp durante los años previos a 1946 y de su eficacia en concitar apoyos entre los trabajadores la daba el “odio patronal” al que hacía referencia el candidato. Odio que, a través de sus voceros en el campo de la Unión Democrática, también estuvo muy presente en la campaña. Así, el diario La Nación, que utilizó sus editoriales durante esas semanas decisivas para desacreditar una y otra vez a Perón, eligió más de una vez a la stp como el mejor ejemplo de las malas artes del coronel:

Hemos visto cómo el antiguo Departamento de Trabajo, que tenía, desde luego, sus deficiencias, se ha convertido, en el régimen en que vivimos, en una de las corporaciones oficiales más frondosas del país, diseminada en sus tentáculos por toda la República e infiltrada en las más inesperadas y contradictorias ramas de la actividad de la Nación. […]  Esa enorme construcción burocrática, dotada de un presupuesto igualmente voluminoso, no se ha caracterizado hasta ahora ni por su parquedad en los dispendios ni por su temperamento conciliador […] Al contrario, parecía esa vasta dependencia obstinada en avivar la lucha de clases […] Aparte de esa preocupación tendenciosa, de quebranto social, esa inmensa herramienta ejerce una acción, no ya de gobierno, sino de centro de una orientación, de una máquina política […].[42]

Las tintas cargadas sobre la Secretaría son en sí mismas un reconocimiento implícito del éxito que había tenido la acción de Perón a través del organismo entre los trabajadores. Tan preponderante fue la centralidad que tuvo atacar ese organismo en la campaña opositora que el diario dedicó el editorial del 24 de febrero –el que iban a leer en el desayuno los votantes en la mañana del acto eleccionario– a denostar esa repartición, a la que se le atribuía la condensación de todos los males del gobierno militar. Titulado “La suerte de la democracia”, el texto expresaba:

Desde junio de 1943, fuerzas obscuras han trabajado contra el régimen constitucional. […] se recurrió a la justicia social. A juicio de los detentadores del poder, nada se había realizado en el país en ese sentido. El cúmulo de leyes nacionales y provinciales sancionadas desde los primeros años del siglo no tenían significación en el balance. Con el objeto aparente de subsanar el supuesto olvido y con el real de seguir la preparación de la conquista del mando, fue creada la Secretaría de Trabajo y Previsión. Con este instrumento se dio principio a la obra demoledora de la estructura económica y social, tratándose de infundir en los asalariados la idea de que habían sido explotados por los capitalistas y que el Gobierno estaba resuelto a poner término a esa iniquidad.[43]

El editorial llama la atención sobre una de las preocupaciones mayores del establishment político argentino de entonces, que era la eficaz tarea de concientización social de los trabajadores, cuyo éxito podía poner en riesgo el triunfo de la Unión Democrática en las elecciones de ese día. Porque para el diario, detrás de esa tarea de concientización, los verdaderos propósitos de la Secretaría y de la acción de sus delegaciones regionales habían sido el de conseguir adhesiones electorales:

Es innecesario volver a señalar los detalles de esa labor perturbadora de la armonía entre el capital y el trabajo y del funcionamiento de las fuerzas productoras. Los deplorables resultados, que no tardaron en ser advertidos hasta por los espíritus más despreocupados, carecían de valor para los responsables, cuyo propósito era el ya enunciado, el de ganar prosélitos. La Secretaría se convirtió en un poderoso resorte electoral, que extendía sus tentáculos, envueltos en un ingente presupuesto, por todo el territorio nacional.[44]

En febrero de 1946 los enemigos de Perón parecían no tener dudas acerca de dónde residía la verdadera forja del naciente movimiento. Ciertamente no en la mítica partida de nacimiento del 17 de octubre sino en la paciente tarea de construcción de adhesiones obreras realizada durante más de dos años por la stp, tanto a través de sonoros decretos que inauguraban nuevos derechos, como de la tarea más silenciosa y cotidiana de predicar y hacer valer esos derechos en sus delegaciones regionales a lo largo de todo el país.

Los legados profundos del peronismo

Para explicar las razones del segundo y más grande éxito electoral de Perón como candidato a presidente, en 1951, el artículo de Hora echa mano a la idea de lealtad. Lealtad entendida como fidelidad de los trabajadores a alguien que, finalmente, luego de asumir la presidencia, sí les había otorgado beneficios concretos, les había “cumplido” y con creces, a pesar de que, ya para 1951, esos beneficios eran solo un grato recuerdo debido a que desde hacía más de tres años había implementado un “cambio de rumbo” y estaba sometiéndolos a severos ajustes. De esta manera, proponiéndoselo o no, el trabajo nos invita a pensar la lógica de los votantes de Perón en 1951, no en términos de una opción racional sino en los de adhesiones de seguidores que, por razones más bien emotivas y basados en el recuerdo nostálgico de aquellos años brillantes, siguieron acompañando incondicionalmente a su líder y benefactor, a pesar de que hacía tres años que los había abandonado. Una interpretación que nos retrotrae al debate clásico de los años sesenta y setenta en clave “neogermaniana”, que lo mismo le sirve para explicar dichas elecciones que las de 1946. Porque, en la estela del sociólogo italiano, la propuesta parece sugerir que en ambas citas electorales los apoyos a Perón tuvieron una cuota alta de irracionalidad. En 1946, cuando no lo conocían, lo acompañaron casi a ciegas, encandilados por sus promesas. Y en 1951, cuando ya lo conocían demasiado, también lo apoyaron (los de 1946 y otros muchos más), dominados, esta vez, por la memoria de unos pocos años felices pero muy eficaces en materia de mejoramiento de sus condiciones de vida. Atractivas promesas primero, nostálgicos recuerdos después, explican mejor que nada el comportamiento de sus seguidores en sendas elecciones.

Sin embargo, la abundante historiografía posterior a Germani y a Murmis y Portantiero ha provisto y sigue proveyendo conocimiento que permite dar explicaciones alternativas al éxito electoral de Perón en las elecciones de 1951. En efecto, contribuciones desde la historia política, la historia cultural, la mencionada historia desde abajo o “a ras del suelo”, la del movimiento obrero, la historia de las mujeres o la historia legal y judicial han indagado más recientemente sobre esas “otras” aristas y significados del peronismo, que permiten complejizar la experiencia cotidiana de sus presidencias que han tenido sectores populares, obreros y clases medias, y por lo tanto ponderar en forma más amplia la racionalidad de sus perdurables adhesiones a la causa peronista.

El mismo Daniel James –para la misma época en que escribía su ensayo sobre el 17 de octubre– ha sido pionero en indagar en esas adhesiones más allá de su lógica material y en poner el valor el componente simbólico y discursivo en el apoyo de los trabajadores a Perón en la primera hora.[45] La historia política, por su parte –y en particular, nuevamente, la generada en el “interior del país” y la que lo estudia “en clave local”–, ha analizado la conformación original de esos apoyos en los distintos rincones del país, así como el sostenimiento posterior de los regímenes peronistas del interior, teniendo en cuenta el armado de coaliciones electorales con elementos específicos de la política provincial y las prácticas de la política tradicional de larga data que caracterizaban a esos espacios.[46] Asimismo, a los estudios sobre trabajadores y movimiento obrero a nivel nacional –que han señalado suficientemente el aumento de la sindicalización y el incremento del poder de la cgt– se han sumado los que atienden al nivel subnacional, que destacan el rol de los sindicatos –en particular donde fueron más poderosos, como en el mundo azucarero– en la conformación de esos apoyos, así como en el acompañamiento posterior a los gobiernos de Perón, participando como funcionarios en las administraciones o como legisladores en los Parlamentos.[47] La historiografía con perspectiva de género, por su parte, ha analizado en detalle las claves de los apoyos de las mujeres al peronismo, su inclusión en la ciudadanía política, a través del voto y de la militancia en la rama femenina del partido, la importancia del liderazgo de Evita y el rol de la Fundación Eva Perón, lo que derivaría en apoyos electorales masivos.[48] Y los trabajos de historia legal y los basados en fuentes judiciales, ya mencionados, han destacado la importancia que tuvieron las diversas instancias judiciales y pre o parajudiciales (como las cámaras de arrendamientos o las comisiones de conciliación de la stp) así como la justicia del trabajo (operativa ya desde fines de los años cuarenta en algunos distritos importantes, como la provincia de Buenos Aires) no solo como espacios en que los trabajadores, inquilinos y arrendatarios pudieron hacer valer los nuevos derechos adquiridos sino también en la construcción de una identidad de clase (que la mayoría de las veces quería decir identidad peronista) cotidianamente, ante sus estrados.[49] Cosas todas que, con el paso de los años, desde que asumió en la stp en 1943, se habían consolidado suficientemente en 1951 y que pueden explicar más acabadamente la racionalidad de los apoyos a Perón en el apabullante triunfo de ese año. Eso sin mencionar un dato fundamental, apenas mencionado por Hora en su trabajo, que sin embargo carga con buena parte de le explicación del resonante éxito electoral: la participación de un electorado muy ampliado por la inclusión de las mujeres y los votantes de los territorios nacionales en el padrón. Sectores ambos en los que, según ya se mencionó, el peronismo venía concitando apoyos profundos y lealtades duraderas, seguramente menos basadas en el mejoramiento de sus salarios reales que en la gratitud de poder gozar ahora de una ciudadanía política plena, en igualdad con los hombres y con los habitantes de las distintas provincias.[50]

Por último, es necesario señalar que todas las aristas mencionadas, que constituyeron la experiencia peronista, sobrevivieron al “cambio de rumbo” de Perón de 1949 o, mejor aún, que no experimentaron giro alguno ni ese año ni en los que siguieron a su caída, como también demuestra esa historiografía. Y eso porque no se trataba de cosas efímeras que se habían prometido a cambio del voto en 1946, ni tampoco de circunstanciales mejoras materiales en tiempos de vacas gordas cuyo solo recuerdo había generado lealtades, sino de sólidas construcciones cuya rigidez en 1951 no podía borrarse de un plumazo, o hacer que ahora siguieran un rumbo distinto, opuesto a lo que venían sosteniendo, como parece sugerir esa frase con la que algunos bautizaron a los años posteriores a 1950.

En efecto, si en 1946 todavía podía caber alguna duda de la efectividad de algunas medidas adoptadas, o de otras anunciadas, en 1951 ya se habían disipado: las leyes protectoras del trabajo se aplicaban, los aguinaldos se cobraban, las vacaciones se pagaban, las inspecciones en fábricas y establecimientos rurales se hacían, las delegaciones de la stp, lo mismo que la justicia del trabajo, garantizaban la aplicación de las leyes laborales a lo largo del país, y las mujeres votaban, al igual que todos los habitantes de provincias y territorios sin distinción. Es esa experiencia muy concreta de ver y tocar los beneficios obtenidos, los derechos adquiridos, las instituciones erigidas, las leyes redactadas, forjada en los años previos, lo que explica mejor que nada el persistente y ampliado respaldo electoral de 1951, que más que a una lealtad emocional o al recuerdo nostálgico de mejores épocas hay que atribuir a la opción muy racional por la persona que encarnaba el otorgamiento de esos beneficios y la construcción de ese sólido edificio institucional erigido para sostenerlos.

Si lo dicho vale para el país en su conjunto, estas cosas se verifican, una vez más, con mayor claridad en el mundo rural y del interior del país. En esos ámbitos, la historiografía reciente ha puesto en cuestión ese cambio de rumbo, que en el caso del sector se conoce como la “vuelta al campo”.[51] La expresión alude a que, ante la emergencia económica y el déficit del sector externo que experimentaba la economía en 1949, Perón debió “volver” al campo, en el sentido de favorecer los intereses de los grandes productores para que generaran divisas, lo que implicó también tomar medidas para congraciarse con ellos, desde giros en la retórica oficial hacia un lenguaje más amable y menos confrontativo, hasta la revisión de medidas que les resultaban irritantes o conflictivas, como las que venían beneficiando a los trabajadores rurales y a los chacareros arrendatarios. Frente a esa tesis, trabajos más recientes han puesto en evidencia que en la búsqueda del mejoramiento de la calidad de vida y seguridad económica y contractual de los sectores más desfavorecidos de la sociedad rural (los trabajadores y los chacareros), no hubo retroceso alguno en 1949, ni tampoco después. Así por ejemplo, la prórroga forzosa de los arrendamientos rurales, el congelamiento de los cánones y la suspensión de los desalojos (iniciadas en 1942 y continuadas y profundizadas una y otra vez desde 1943), que para los terratenientes fue una de las mayores afrentas de la política peronista, no solo nunca se suspendieron sino que, para desmayo de esos sectores propietarios, fueron custodiadas con un celo extraordinario por las Cámaras Paritarias de Conciliación y Arbitraje creadas por Perón en 1949 en el seno del Ministerio de Agricultura, para hacer prácticamente inexpugnable ese cerrojo inmobiliario.[52]

Por su parte, en las políticas hacia los trabajadores del campo, ningún retroceso hubo desde 1949 en materia de derechos como los otorgados por el Estatuto del Peón –que por el contrario fueron profundizados y mejorados por su decreto reglamentario de ese mismo año– y por la ley 13020, sobre el trabajo rural temporario, sancionada en 1947, que estableció con gran precisión los derechos de estos trabajadores y reglamentaba todos los aspectos posibles de los trabajos rurales temporarios existentes en los diferentes rincones del país.[53] Tampoco en la vigilancia y supervisión de la aplicación efectiva de esas normas, que ejercían tanto la stp como las comisiones paritarias locales de la cntr (Comisión Nacional de Trabajo Rural, institución creada por dicha ley 13020), con igual celo que las cámaras de arrendamientos.

Son estas realidades concretas –y no el recuerdo de beneficios del pasado, que se desvanecieron en el aire– las que explican más acabadamente los apoyos masivos que recibió Perón en el cuarto oscuro de los comicios de 1951. Se trataba, efectivamente –y parafraseando a Hora– del verdadero “valor diferencial del justicialismo” sobre el que “sus seguidores ya no abrigaban dudas” en ese año, y que es necesario ponderar en mucho más que el nivel que tenía el salario real de entonces comparado con el de tres años antes. No es la lealtad a un líder al que se sigue apoyando, a pesar de las circunstancias que atravesaban, sino el continuado apoyo que muy lógicamente seguían dando a un presidente porque, fuera de medidas amargas que la crisis macroeconómica lo había obligado a tomar, seguía garantizando beneficios palpables sobre los que no solo no había retrocedido un ápice, sino que había profundizado desde su arribo a la presidencia.[54]

 

* * *

 

En sus conclusiones, el artículo de Hora nos confiesa los motivos que lo impulsaron a hacer este ejercicio de reinterpretación sobre el primer peronismo. En tanto “interrogar críticamente los mitos que refuerzan la identidad de las comunidades políticas es una tarea indelegable del historiador” y tratándose de “un vínculo político tan intenso y perdurable como el que unió a Perón con sus partidarios” consideró indispensable someter el tema a “un examen que ponga entre paréntesis la manera en que el peronismo eligió contar su historia y celebrarse a sí mismo”.[55]

Nuevamente aquí es difícil no coincidir con el autor. De hecho, la historiografía sobre el primer peronismo –tanto la más escasa de las décadas posteriores a su derrocamiento como la más nutrida producida a partir de los años noventa, que se multiplica hasta el día de hoy– casi no ha hecho otra cosa que someter a un duro y sofisticado examen los mitos en los que se funda buena parte de la identidad peronista y la manera en que sus partidarios cuentan su propia historia. Esa historiografía merecería un mejor lugar en el artículo aquí revisado: es tarea indelegable de todo historiador ponderarla con detenimiento para no caer nuevamente en “la tendencia a iluminar ciertos aspectos y omitir otros” en los debates sobre peronismo que denunciaba Torre en 1990. o

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Resumen / Abstract

Una vez más en torno a la racionalidad de la lealtad peronista: Notas a propósito de un texto reciente

El trabajo discute el artículo “Repensando
el 17 de Octubre y la forja del lazo político peronista”, de Roy Hora, publicado en
Prismas
n° 28 (2024), que cuestiona el 17 de octubre como hito fundacional del peronismo y propone una reinterpretación de los apoyos electorales recibidos por Perón en las elecciones de 1946 y 1951 y del lazo político que unió al líder con las masas a lo largo de sus primeros gobiernos. Para ello, utiliza la historiografía de los últimos años sobre el primer peronismo, así como discursos de Perón y fuentes periodísticas.

 

Palabras clave: Peronismo - Historiografía - Lazo político

 

Once again on the rationality of Peronist loyalty: Notes on a recent paper

This paper discusses Roy Hora’s recent article,
“17 October 1945: rethinking the making of the Peronist political bond”, published in
Prismas n° 28 (2024), that questions October 17th as a foundational milestone of Peronism and proposes a reinterpretation of the electoral support received by Perón in the elections of 1946 and 1951 and of the political bond that united the leader with the masses throughout his first governments. To do so, it uses the historiography of recent years on early Peronism, as well as Perón’s speeches and journalistic sources.

 

Keywords: Peronism - Historiography - Political bond

 

 

Fecha de recepción del original: 4/8/2025

Fecha de aceptación del original: 27/9/2025

 

 



* jmrpalacio@gmail.com

[1] Juan Carlos Torre, La vieja guardia sindical y Perón. Sobre los orígenes del peronismo, Buenos Aires, Sudamericana, 1990, p. 15.

[2] La expresión “enigma peronista” refiere al texto de César Tcach “El enigma peronista: la lucha por su interpretación”, Historia Social, n° 43, 2002.

[3] Las expresiones clásicas de estas dos posturas son, respectivamente, las de Gino Germani, especialmente en Política y sociedad en una época de transición (Buenos Aires, Paidós, 1962) y en “El surgimiento del peronismo: el rol de los obreros y los migrantes internos” (Desarrollo Económico, vol. 13, n° 51, octubre-diciembre, 1973) y las de Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero en Estudios sobre los orígenes del peronismo (Buenos Aires, Siglo XXI, 1984). Dentro de este debate general, hubo otros que con el tiempo hilaron más fino en la cuestión de la racionalidad y la composición de los apoyos. Véase Torre, La vieja guardia, y, del mismo autor, “Interpretando (una vez más) los orígenes del peronismo”, Desarrollo Económico, vol. 28, n° 112, enero-marzo, 1989.

[4] Por lo menos desde el auge de la historiografía de los sectores subalternos, que derivó en diversas corrientes de historia “desde abajo” y, recientemente, en los estudios sobre peronismo, en una historia autodenominada “a ras del suelo”. Véanse, entre otros, Omar Acha, “Sociedad civil y sociedad política durante el primer peronismo”, Desarrollo Económico, vol. 44, n° 174, julio-septiembre, 2004; Nicolás Quiroga, “Sincronías peronistas. Redes populistas a ras de suelo durante el primer peronismo”, Nuevo Mundo Mundos Nuevos, 2013, DOI: doi.org/10.4000/nuevomundo.64851; Alejandro Agustín Nieto, “Vida asociativa al ras del suelo en una aldea peronista activismo obrero y popular en Mar del Plata, 1943-1955”, Páginas, vol. 7, n° 14, 2015.

[5] Al menos en la historiografía profesional strictu sensu, ya que, en el mundo del ensayo, de la historia amateur, del mundo periodístico y también de ciertos rincones de las ciencias sociales, las ideas clásicas sobre el “populismo” en clave líder carismático que arrastra a masas heterónomas siguen teniendo la misma fuerza de siempre y constituyen un sentido común sobre el fenómeno en el debate público, que parece invulnerable.

[6] Estos consensos alcanzan también a los demás “populismos clásicos” latinoamericanos. Quizás su mejor expresión es la de la historiografía brasileña que, a propósito de la figura de Vargas, ha sometido el fenómeno “populista” a una investigación sistemática, históricamente situada, pasando por el rasero de la metodología histórica cada uno de los rasgos que las ciencias sociales consideran inherentes a ese fenómeno. Véanse, entre otros, Fernando Teixeira da Silva y Hélio Da Costa, “Trabalhadores urbanos e populismo: um balanço dos estudos recentes”, en J. Ferrerira (ed.), O populismo e sua história: debate e crítica, Río de Janeiro, Civilização Brasileira, 2001; John D. French, The Brazilian Worker’s ABC: Class conflict and Alliances in Modern São Paulo, Chapel Hill/London, University of North Carolina Press, 1992; John D. French, Drowning in Laws: Labor Law and Brazilian Political Culture, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 2004; Angela Maria de Castro Gomes, “Reflexões em torno de populismo e trabalhismo”, Varia Historia, n° 28, 2002; Angela Maria de Castro Gomes, A Invenção do trabalhismo, Río de Janeiro, iuperj/Vértice, 1988; David McCreery, “Gift of the devil”, Social History, vol. 33, n° 1, 2008; Joel Wolfe, “The Faustian Bargain Not Made: Getúlio Vargas and Brazil’s Industrial Workers, 1930-1945”, Luso-Brazilian Review, vol. 31, n° 2, 1994. 

[7] Roy Hora, “Repensando el 17 de Octubre y la forja del lazo político peronista”, Prismas. Revista de Historia Intelectual, nº 28, 2024.

[8] Ibid., p. 112.

[9] Ibid., p. 114.

[10] Ibid., p. 116.

[11] Hilda Sabato, La política en las calles: entre el voto y la movilización, Buenos Aires, 1862-1880, Buenos Aires, Sudamericana, 1998.

[12] Juan Manuel Palacio, “El primer peronismo en la historiografía reciente: nuevas perspectivas de análisis”, Iberoamericana, n° 39, 2010.

[13] Hora, “Repensando”, p. 118.

[14] Ibid., p. 118.

[15] Ibid., p. 119.

[16] Ibid., p. 119, énfasis agregados.

[17] Ibid., p. 119.

[18] Ibid., p. 120.

[19] Ibid., p. 122, énfasis agregado.

[20] “A la luz de este panorama, es comprensible que, superada exitosamente la prueba electoral de 1948, y confiado en que la fidelidad al nuevo orden parecía arraigada, Perón inaugurara una nueva fase de su gobierno, en el que las cuestiones vinculadas al equilibrio fiscal, el control de la emisión monetaria y el crecimiento sustentable pasaran a primer plano” (ibid., p. 124).

[21] Ibid., p. 125.

[22] Ibid., p. 125, énfasis agregado.

[23] Ibid., p. 126.

[24] Omar Acha y Nicolás Quiroga, “La normalización del primer peronismo en la historiografía argentina reciente”, eial, vol. 20, n° 2, 2008-2009; Raanan Rein et al., Los estudios sobre el primer peronismo, aproximaciones desde el siglo xxi, La Plata, Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires, 2009; aa.vv., Historia del peronismo: un manual para su investigación, Buenos Aires, Prometeo, 2023.

[25] María Paula Luciani, “La etapa formativa de la Secretaría de Trabajo y Previsión (1943-1946): primeros pasos organizativos y figuras relevantes”, Anuario del Instituto de Historia Argentina, n° 14, 2014, disponible en: www.anuarioiha.fahce.unlp.edu.ar/article/view/IHAn14a01. Una discusión de los problemas de las fuentes de la stp en Pablo Canavessi y Juan Manuel Palacio, “Fuentes y archivos para una historia del fuero laboral en la Argentina: ejercicios metodológicos para el caso de la provincia de Buenos Aires”, Revista Electrónica de Fuentes y Archivos, n° 9, 2018, disponible en: revistas.unc.edu.ar/index.php/refa/article/view/33619.

[26] Juan Manuel Palacio, La justicia peronista. La construcción de un nuevo orden legal en la Argentina, 1943-1955, Buenos Aires, Siglo XXI, 2018, cap. 2.

[27] Para las dimensiones rurales del primer peronismo, véase Alejandra Salomón, El peronismo en clave rural y local. Buenos Aires 1945-1955 (Bernal, Universidad Nacional de Quilmes, 2012). En cuanto a la investigación sobre el peronismo en diferentes ámbitos provinciales, un hito decisivo lo marcó el libro compilado por Darío Macor y César Tcach, La invención del peronismo en el Interior del país (Santa Fe, Universidad Nacional del Litoral, 2003, y su volumen 2, de 2013), del que participaron muchos de los que luego van a desarrollar fructíferamente esa agenda con sus trabajos sobre las diferentes provincias.

[28] Cuarto Censo General de la Nación, 1947. Buenos Aires, Dirección Nacional del Registro Estadístico, 1947, Tomo 1, p. lxix. En Santa Fe, el segundo distrito más poblado, ese porcentaje era de 42,2 mientras que en el primero, la provincia de Buenos Aires, la población rural representaba el 28,6.

[29] El guarismo resulta de restar a los 2.768.398 votantes calculados por Samuel Amaral los correspondientes a la Capital Federal (566.309) y a los partidos de la provincia de Buenos Aires vecinos a la ciudad más poblados (La Plata, San Martín, Avellaneda, 4 de Junio, Lomas de Zamora, Quilmes, Vicente López y 6 de Septiembre, todos con más de 15.000 votos), que en su conjunto sumaron 280.291 votantes ese día. Samuel Amaral, Perón presidente. Las elecciones del 24 de febrero de 1946, Sáenz Peña, Eduntref, 2018, tomo 2, Tabla 5.6, p. 70 y Tabla Buenos Aires 1.

[30] Enrique Mases ha demostrado la relación positiva que existió entre “índice de ruralidad” y adhesión al peronismo en los territorios nacionales de la Patagonia, tesis que subyace al resto de los trabajos sobre espacios provinciales. Véase Enrique Mases y otros, “Los orígenes del peronismo en la Argentina periférica: el caso de Neuquén”, en S. Bianchi y M. E. Spinelli (comps.), Actores, ideas y proyectos políticos en la Argentina contemporánea, Tandil, iehs, 1997.

[31] Juan Manuel Palacio, “From Social Legislation to Labor Justice: The Common Background in the Americas”, en L. Fink y J. M. Palacio (eds.), Labor Justice Across the Americas, Urbana, University of Illinois Press, 2018. Estas instancias administrativas de conciliación siguieron formando parte del proceso laboral como primera instancia aun después de la conformación de tribunales de trabajo, en buena parte del país –en algunos casos hasta el día de hoy–, mientras que en algunos territorios nacionales fueron, de hecho, la única expresión de la justicia laboral hasta los años sesenta y setenta. Véase Gabriel Rafart, “Una justicia del trabajo sin fueros: instituciones y litigiosidad laboral durante el primer peronismo en el Territorio Nacional de Neuquén”, en M. Moroni et al. (eds.), Justicia, seguridad y castigo. Concepciones y prácticas cotidianas en Patagonia, 1884-1955, Rosario, Prohistoria, 2018.

[32] Adriana Kindgard, “Cambios en la calidad de vida de los obreros mineros durante el peronismo clásico (1943-1955). Una mirada a la Puna de Jujuy”, Cuyonomics, vol. 3, n° 4, 2019, p. 44, énfasis agregado.

[33] Enrique Mases y Gabriel Rafart, “La patria peronista en la norpatagonia: notas sobre el origen del peronismo en Río Negro y Neuquén”, en Macor y Tcach, La invención…, pp. 429-430, énfasis agregado.

[34] Ibid., p. 431.

[35] Ernesto Bohoslavsky y Daniel Caminotti, “El peronismo y el mundo rural norpatagónico. Trabajo, identidad y prácticas políticas”, en E. Mases y G. Rafart (dirs.), El peronismo, desde los Territorios a la Nación. Su historia en Río Negro y Neuquén, 1943-1958, Neuquén, Universidad Nacional del Comahue, 2003, p. 80, énfasis agregado.

[36] Así, por ejemplo, el 75% en Río Negro, el 81% en Neuquén o el 83% en Presidente Perón (luego provincia del Chaco), frente al promedio de casi el 64% de los votos que obtuvo para todo el país.

[37] Virginia Romanutti, “Discurso político e instituciones. La Delegación Regional de la Secretaría de Trabajo y Previsión como organizadora de la cuestión social en Córdoba durante el peronismo”, Primer Congreso de Estudios sobre el Peronismo: la Primera Década, Mar del Plata, 6 y 7 de noviembre de 2008.

[38] Adicionalmente, pueden consultarse, entre otros, María C. Erbetta, “Continuidades y rupturas en torno a la justicia social durante el primer peronismo en Santiago del Estero (1943-1955)”, Revista Historia Social y de las Mentalidades, vol. 13, n° 1, 2009; Pablo Canavessi, “La transición al nuevo orden legal. Trabajadores, conflictividad laboral y mediación estatal en el centro de la provincia de Buenos Aires (1937-1949)”, Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, n° 61, 2024; Natacha Bacolla et al., “El impacto del peronismo en las condiciones laborales de los trabajadores del norte. El caso de los hacheros, tabacaleros y algodoneros (Santa Fe, Corrientes y Chaco)”, VIII Congreso de Estudios sobre el Peronismo, Universidad Arturo Jauretche, Florencio Varela, 13, 14 y 15 de septiembre de 2023.

[39] Juan Domingo Perón, Obras completas, Buenos Aires, Fundación pro Universidad de la Producción y del Trabajo - Fundación Universidad a Distancia Hernandarias, tomo 8, 1997, p. 23, énfasis agregado.

[40] Ibid., p. 35, énfasis agregado.

[41] Ibid., pp. 35-36, énfasis agregado.

[42] La Nación, 22 de enero de 1946, p. 4, énfasis agregado.

[43] La Nación, 24 de febrero de 1946, p. 6, énfasis agregado.

[44] Ibid., énfasis agregado.

[45] Daniel James, Resistencia e Integración, El peronismo y la clase trabajadora argentina 1946-1976, Buenos, Sudamericana, 1990.

[46] Así, por ejemplo, varios de los trabajos (como los de Macor, Michel Kindgard et al., Álvarez o Vilaboa y Bona) incluidos en la compilación citada de Darío Macor y César Tcach, o los incluidos en Oscar H. Aelo (comp.), Las configuraciones provinciales del peronismo. Actores y prácticas políticas, 1945-1955, La Plata, Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires, 2010.

[47] Florencia Gutiérrez, “La irrupción del poder obrero en los ingenios azucareros: avances, límites y cuestionamientos. Tucumán, 1944-1955”, Quinto Sol, vol. 18, n° 2, 2014; Florencia Gutiérrez y Leandro Lichtmajer, Entre los cañaverales. La irrupción peronista en Tucumán 1944-1955, Mar del Plata, Grupo Editor Universitario, Eudem, 2019.

[48] Adriana María Valobra, Del hogar a las urnas. Recorridos de la ciudadanía política femenina. Argentina, 1946- 1955, Rosario, Prohistoria 2010; Carolina Barry, Evita capitana. El Partido Peronista Femenino 1949-1955, Sáenz Peña, Eduntref, 2009; Karina Ramacciotti y Valobra Adriana (comps.), Generando el peronismo. Estudios de cultura, política y género (1946-1955), Buenos Aires, Proyecto Editorial, 2004.

[49] Juan Manuel Palacio (dir.), Demandando al capital. El peronismo y la creación de los tribunales del trabajo en la Argentina, Rosario, Prohistoria, 2020; Facundo Iturburu y Agustín Nieto, “Justicia laboral en tiempos de Perón: experiencias obreras a ras del suelo”, en N. Quiroga y J. Rodríguez Cordeu (comps.), Política, peronismo y juegos de escala (1943-1957), Mar del Plata, Grupo Editor Universitario, Eudem, 2022.

[50] El padrón electoral pasó de 3.405.173 empadronados en 1946 a 8.613.998 en 1951; es decir, estuvieron en condiciones de emitir su voto 5.208.825 personas más. En cuanto a los votos emitidos, en 1951, votaron 4.719.613 personas más que en 1946, de los cuales más del 80% (3,8 millones) fueron votos femeninos, mientras que los varones de los nuevos territorios aportaron el 5%. Adriana Valobra, “La ciudadanía política de las mujeres y las elecciones de 1951”, Anuario del Instituto de Historia Argentina, nº 8, 2008.

[51] Juan Manuel Palacio “Otra vuelta a ‘la vuelta al campo’. Reflexiones sobre peronismo e historiografía”, Mundo Agrario, vol. 23 n° 53, 2022, disponible en:  www.mundoagrario.unlp.edu.ar/article/view/mae189.

[52] Juan Manuel Palacio, “La justicia peronista: el caso de las cámaras de arrendamientos y aparcerías rurales (1948-1955)”, Anuario iehs, n° 26, 2011; Mónica Blanco, “Arrendamientos rurales en la provincia de Buenos Aires, entre la ley y la práctica, 1940-1960”, Mundo Agrario, vol. 7, n° 14, 2007, disponible en: www.mundoagrario.unlp.edu.ar/article/view/v07n14a14; Mónica Blanco, “Las cámaras paritarias de conciliación y arbitraje. Nuevos espacios para el debate sobre la propiedad rural (1948-1956)”, en Estudios Del ISHiR, vol. 3, n° 6, 2013.

[53] Pablo Canavessi, “Los trabajadores y la llegada del Estatuto del Peón a los establecimientos rurales pampeanos”, Estudios Sociales del Estado, vol. 9, n° 18; 2019; Juan Manuel Palacio, “The ‘Estatuto del Peón’: a revolution for the rights of rural workers in Argentina?”, Journal of Latin American Studies, vol. 51, n° 2, 2019.

[54] El triunfo en las elecciones vicepresidenciales de 1954, en el que Alberto Tessaire obtiene el 64,5% de los votos, un porcentaje aún mayor que el de 1951, no hace más que reforzar lo dicho.

[55] Hora, “Repensando…”, p. 126.