Barranca Yaco. Una latitud histórico-política argentina*

 

Ana Clarisa Agüero**

 

Universidad Nacional de Córdoba / CONICET

 

 

1En el principio era apenas un terreno que declinaba suavemente de oeste a este, accidentado a fuerza de lechos serranos y lluvias estacionales que tallaban hondonadas y barrancas en su paso a la llanura. Un monte tupido de talas y algarrobos, de espinillos y matorrales, poblado de aves, mulitas y alimañas. Luego el ojo colonial –el paisaje– y una senda del Camino Real abriéndose paso entre la espesura y los desniveles. Así se dibujó un “recodo”, al parecer, cuyas reiteradas evocaciones sedimentaron la ubicación, muchas veces aproximativa, de la escena. Se trata, a grandes rasgos, del paraje de Barranca Yaco. Pese a las advertencias, hacia allí se dirigen Facundo Quiroga y su comitiva en la mañana del 16 de febrero de 1835. Los esperan Santos Pérez y sus hombres; luego la emboscada, el asesinato de casi todo el grupo y Quiroga muerto a fuego y “despenado” a cuchillo. La leyenda del caudillo riojano se abre a la eternidad; Barranca Yaco, hasta allí un punto entre otros de un camino dominado por el sistema de postas, lo acompaña. En lo fundamental, menos como espacio que como acontecimiento.

 

 

2“Uno de los primeros pasos para instruir un sumario de delitos de esta clase, es pasar al lugar donde aparece cometido para reconocer la posición de las cosas y circunstancia”, anota Juan Manuel de Rosas en una carta a Estanislao López de abril de 1835. Y agrega: “Pero ni el juez Figueroa, ni la Comisión que salió de Córdoba han ido al lugar donde se cometió el atentado”.[1] En efecto, los comisionados habrían argüido entonces “no tener escolta para trasladarse a aquel punto peligroso”, algo que además “ya habría sido inútil, después de la copiosa lluvia del citado día 17, la que había borrado todos los rastros”. Aunque, al parecer, el argumento escondía un temor más primario, lo cierto es que la escena del crimen había sido muy transfigurada, tanto por los asesinos cuanto por el traslado de los cuerpos de Quiroga, su secretario Ortiz y el correísta Luegues a la posta de Sinsacate.[2] También por el entierro del resto de la comitiva en algún punto próximo, por momentos tan impreciso como el de su degüello y abandono “a un lado del camino”, en “un lugar separado del camino”, “dentro del monte”, “a cuatro cuadras del camino”.[3]

Esos cuerpos menos célebres habrían inspirado la “piedad popular” que, según Cárcano, improvisó entonces nueve cruces en Barranca Yaco, abriendo así un ciclo de “leyenda” y “superstición” de cuarenta años, por el que se apresuraban persignaciones al pasar, se evitaba la noche y, de no lograrlo, se decía oír el llanto del niño postillón asesinado por Santos Pérez y el silbido de las almas en pena.[4] La versión de Cárcano retiene la condición rural y popular, tanto de la mayoría de los implicados cuanto de los primeros testigos y narradores. Es, ciertamente, un campesino el que encuentra a los dos sobrevivientes de la comitiva, escucha su relato y les indica el camino a Sinsacate, antes de ir a mirar el lugar con sus propios ojos (como reclamaba Rosas de los comisionados).[5] Es campesina Anacleta Barbosa que, según algunos, habría “revelado el misterio de Barranca Yaco” y quien quizás esté en el origen de la leyenda del “postilloncito”.[6] Las muchas versificaciones populares del crimen y su antesala, recogidas y problematizadas por décadas, reenvían parcialmente a esa arena, en la que tempranamente un suceso se separa de los demás.[7] Si se sigue el relato de Cárcano, de allí mismo habrían surgido –espontáneos y populares, antes que administrativos o conmemorativos– los primeros mojones del acontecimiento. Así, mientras Rosas propalaba que los asesinos eran “unitarios” porque el gabinete de los Reinafé estaba lleno de ellos, unas cruces sencillas habrían contorneado el sitio, como signos de cristiana sepultura y acaso instintivos memoriales de un federalismo a ras del suelo.

En cualquier caso, ese lugar concreto y con textura es lo primero que el acontecimiento diluye en su carrera, incluso mínimamente retrospectiva. En tanto “Barranca Yaco” se identifica con el asesinato de Quiroga, las toponimias se trastocan o deforman, el paisaje se oscurece y muchos recorridos, centrales en la historia, devienen erráticos e intemporales.[8] Entre canciones, relatos y procesos judiciales, todo trasciende de un terreno muy concreto a una latitud imprecisa, llamada “Barranca Yaco” (“donde se pierden los hombres”, según variaciones de un cantar recogidas en 1921).[9] Así el difundido grabado contemporáneo de Pablo Caccianiga desplegará en primer plano el “atroz asesinato” y hará del monte apenas su telón.[10]

Y así el topónimo transitará fluidamente al crimen político, sinonimia que sobrevuela el proceso judicial de 1835-37 y aparece consumada en la serie de capítulos que Domingo F. Sarmiento (1845), Adolfo Saldías (1892), David Peña (1906) y Ramón J. Cárcano (1931) dedican al asesinato de Quiroga, llamados simplemente “Barranca Yaco”.

Unos y otros labran la vista trágica del acontecimiento, pieza de un drama más vasto de desunión y violencia fratricida. En este suelo sentará en breve sus reales Saúl Taborda, cuya “Meditación de Barranca Yaco” (1935) reedita y desplaza la interpelación sarmientina, de la sombra a la latitud trágica. Pero cualquiera de sus preguntas dista ya de hacerse a los árboles, las corzuelas o el agua que seguía horadando el terreno de verano en verano.

 

 

 

3A partir de una serie de coincidencias, desde fines de los años treinta un larvado debate buscó dilucidar si, en su “Barranca Yaco”, Sarmiento prosificaba un romance relevado por Juan Alfonso Carrizo tiempo atrás (que lo estimaba “popular”) o, por el contrario, lo alimentaba, y aun podía reputárselo su autor (como sugería Ismael Moya). Ausentes una datación o una atribución incontrastables, ambas hipótesis hallaron defensores, sin resultar concluyentes.[11] Con todo, las vacilaciones dicen algo sobre el modo en que el suceso se desprendió del espacio y comenzó a vivir como acontecimiento en el tiempo. Dador de muchas fuentes, que también cruzan los términos de la oralidad popular y la escritura letrada, la palabra escrita lo fijó, lo prolongó y lo ató a un nombre, parcialmente arrancado al lugar. Sarmiento explicita varias de las canteras de su “Barranca Yaco”: ciertas fuentes orales, aunque no populares; el extracto de la causa elaborado por el juez comisionado Vicente Maza, publicado en 1837 por orden de Rosas; La Gaceta, que la difundió por entregas –gran estabilizadora del acontecimiento– o la célebre litografía de la ejecución. Pero también reenvía ciertos pasajes a la causa misma que, en esa fecha, no podía haber visto en forma directa.[12]

En todo caso, la inquietud por la circulación de elementos cultos y populares, aun si indecidible, roza más lo verosímil que el mero registro letrado, y de letrados, en el que abundaremos. Ya en este terreno, dirá Prieto, dado su tinte novelesco y merced al magnético abrazo del destino individual, el “Barranca Yaco” de Sarmiento instala un tema literario capaz de crear su propia tradición.[13] Pero incluso esos logros parecen habitados de una declarada deuda con la oralidad: en nota a la edición de 1851, el célebre “No ha nacido todavía el hombre que ha de matar a Facundo Quiroga” –próximo al “romance” rescatado por Carrizo y clave psicológica de la obstinada vuelta por Córdoba–- es reenviado a lo informado por un tal Piñero, doctor cordobés muerto en Chile y pariente del secretario Ortiz.[14]

 

 

4Por lo demás, el “Barranca Yaco” sarmientino ofrecerá también una narrativa histórica matricial, iniciada con la derrota del unitarismo y la aparición de un escenario federal contrastado, dominado por Quiroga en el área andino-cuyana y por Rosas en el Litoral. Sorda disputa de cinco años que –dice Sarmiento– era “de emboscadas, de lazos y de traiciones”, cuyo remate es el asesinato del caudillo.[15] Esa estructura del acontecimiento dominará también las demás “Barranca Yaco”, volcadas a revisar el extracto de la causa criminal bonaerense. No hay, así, grandes diferencias en el eslabonamiento fáctico de los sucesos, algo muy visible en el movimiento final: el conflicto norteño y el encargo bonaerense de mediación a Quiroga; un viaje de postas en que cunden advertencias que Facundo desatiende o desafía; un atentado frustrado a la ida y, ya de vuelta, la emboscada ordenada por los Reinafé y conducida por Santos Pérez. El baño de sangre –resultado más o menos directo de sus condiciones, que todos llaman “Barranca Yaco”– alumbra, en su faz productiva, la suma del poder público del segundo gobierno de Rosas y el propio proceso criminal. Las versiones se deslizan, desglosan o reequilibran según el plan de cada obra y los nuevos materiales, pero esto no modifica lo sustancial.[16]

Son marcados, en cambio, los diversos énfasis y las diversas resoluciones del “enigma”, si se quiere práctico pero pleno de sentido político y memorial, que todos prolongan: quién mató a Facundo. Nadie discute que el proceso que culminó en 1837 con la pena capital de los Reinafé, Santos Pérez y otros, cayó sobre el brazo ejecutor. La pregunta es, naturalmente, por la autoría intelectual y política del crimen, ella misma un lugar de memoria alternativo al texto maestro organizado por Maza –más “historia” o comentario que compilación– en que parcialmente fundan su lectura.[17] 

Formalmente acordes, en la vertical de los años, en la necesidad de una mirada desapasionada, las respuestas divergen: si Sarmiento había sembrado el Facundo de indicios y constataciones, dejando todo organizado para que el dedo “imparcial” de la historia condenara “al” responsable, Saldías exculpa a Rosas y responsabiliza a Estanislao López, su ministro Cullen y los Reinafé; Peña relee los mismos materiales, introduce argumentos contrafácticos y concluye que fue Rosas; Cárcano, por fin, reivindica a López y acusa a los propios Reinafé, al salvado Francisco en especial. Esta convicción no parece venirle apenas de la causa, que es el único en leer completa: se refuerza con la evocación de ciertas conversaciones que habrían tenido a su bisabuelo, gran señor de Chuñahuasí, entre los partícipes.[18] En cualquier caso, su firme exculpación de Rosas no le impide jugar con las ambigüedades de un consenso mal cosido: “¡Rosas es el asesino de Quiroga!”, dice que fue el grito final de Santos Pérez. “Él está convencido –anota–. Esa sugestión arma el brazo homicida y, sin ella, Barranca Yaco no se registrara en la historia”.[19] 

 

 

5En 1925, Borges se ha plegado a la serie literaria, explotando el principal motivo sarmientino. “El general Quiroga va en coche al muere” porque sabe que lo esperan y enfrenta su destino: “Esa cordobesada, bochinchera y ladina / (meditaba Quiroga), ¿qué ha de poder con mi alma?”. Confiado, incrédulo y quizás más fiero que el caudillo de 1835, este arrastra consigo una comitiva de ya cadáveres, “seis o siete degollados” con los que comparte la emboscada en Barranca Yaco, la revelación del asesino indicado por Sarmiento y Peña (“una de puñaladas lo mentó a Juan Manuel”) y el paso al más allá. Destino abrazado y cumplido, Quiroga entra en la eternidad “Ya muerto, ya de pie, ya inmortal, ya fantasma”.[20]

Sin duda, todo el poema se subordina a ese pasaje de implicancias universales, que debilita –sin eliminar– el interés histórico o político del acontecimiento. Este arrastra su escena, que es por donde el relato ha comenzado; un paisaje lúgubre, oscurecido por el crimen que anuncia: “El madrejón desnudo ya sin una sed de agua / y una luna perdida en el frío del alba / y el campo muerto de hambre, pobre como una araña”. Puede haber más que coincidencia entre estos versos y un pasaje del científico Germán Burmeister fechado en 1859, hoy reunidos por una placa conmemorativa en el sitio. En él, el alemán dice seco el lecho que, sin embargo, sabe “torrencial” en época de lluvias (de allí el quichuismo “yaku”), a la vez que registra lo accidentado de un terreno poco apto para el tránsito en galera, capaz de hacer “hamacarse” y “rezongar” el “galerón enfático, nocturno, funerario” de Borges. Sin ser mucha, la “altura” a la que alude el poeta quizás recoja un dato más general: que esta senda del piedemonte era alternativa a la del bajo, que solía anegarse. En todo caso, solo el crimen cardinal pudo empobrecer al punto del hambre un monte tupido, casi inmediatamente regado por un aguacero copioso. Ya Burmeister había hallado “siniestro” el sitio (que decía caro a salteadores de caminos), añadiendo un eslabón a una larga cadena de imposiciones de la historia sobre el espacio.

 

 

6 Lo que para Sarmiento pudo aparecer como un condensador histórico-romántico del drama argentino será ya en la perspectiva de David Peña un parteaguas de la historia nacional.[21] “Barranca Yaco” representa la supresión violenta de aquel capaz de enfrentar a Rosas y conducir el proceso de organización nacional que este dilataba. Quiroga es así el predecesor de Urquiza y su asesinato la consagración de un conflicto largo e irresuelto entre Buenos Aires y las demás provincias. El motivo no es nuevo: estaba, al menos, en el muy difundido Manual de la historia argentina de Vicente F. López, nada partisano pero rico en autocríticas por no haber comprendido aquel liderazgo “interior”, ni las consecuencias políticas de aquella muerte.[22] Allí, merced a la lógica del mayor interés, López daba por descontada la responsabilidad de Rosas e invitaba a probarla; tarea a la que Peña se consagra y que constituye su primera continuidad con la tradición liberal. Así acumula acusaciones previas, dibuja un Rosas frío y calculador semejante al sarmientino, señala los tentáculos de la justicia bonaerense sobre el proceso criminal cordobés y ensaya un careo contrafáctico con el extracto de la causa.[23] “La tragedia nos llama”, anuncia, y se lanza a una demostración fundada en desenlaces alternativos: ¿se hubiera tolerado el tenor conciliador de la misión de Facundo? ¿Rosas podría haber desestimado tanto el Pacto Federal…?[24] A la vez, Peña se aleja de aquella tradición en su –más novedosa– vindicación de Quiroga. Una contraimagen que no impide su designación como miembro de número de la Junta de Historia y Numismática, en el propio 1906, y de la que luego beberán otros; también ciertas revisiones provinciales cuyo antirrosismo provenía de la crasa asimilación de Rosas al centralismo, o el interés, bonaerenses.[25]

Cárcano no será de la partida. Miembro de aquella Junta desde 1901, dos veces gobernador de Córdoba y lector de Saldías, de Peña, e incluso del Ibarguren formativo, conserva en 1931 un apego a la tradición liberal que, sin declinar antirrosismo, se aplica especialmente a impugnar la imagen del Quiroga “organizador”.[26] Su mirada, por lo demás, se comprende menos como una rehabilitación provincial que como una perspectiva siempre central. Así sigue los procesos judiciales “de” Barranca Yaco en sus dos escenarios –transitando el núcleo mismo de la enajenación de facultades–, entre paciente reconstrucción y juicio moral a un pasado lleno de “Caínes”. Y así puede, a la vez, exculpar a Rosas del crimen y denunciarlo por su utilización: “Barranca Yaco es una fuente perenne de explotación federal [con la que] Rosas sacude a su favor el sentimiento público”; esto desde que partió de Córdoba una galera roja, conduciendo a Buenos Aires los restos del caudillo y “encendiendo en el largo camino el recuerdo trágico de Barranca Yaco” (acontecimiento puro).[27]

Quizás Cárcano presumiera que ese también largo recuerdo volvería a tensarse hacia el centenario del asesinato de Quiroga.[28] “El Sentimentalismo Regional y la Reacción Trabajan por una Reivindicación Imposible”, denuncia el 2 de marzo de 1935 un artículo de Crítica, alarmado menos por las reválidas populares y locales –riojanas en especial– que por la proliferación de revisiones de una derecha intelectual fascistoide, que hallaría en Rosas o Quiroga héroes acordes a sus ideales de fuerza. En esa serie imaginaba el autor la próxima aparición de “una revista que se llamará ‘Quiroga’ o ‘Facundo’ bajo la dirección de una prestigiosa figura intelectual”, de la que predecía “su evolución o su salto mortal a las regiones del corporativismo”.[29]

Pero Saúl Taborda era más complejo. Facundo se abrirá con una “Meditación de Barranca Yaco” encadenada al “brillante alegato de revisión” de Peña pero tan distante de la Junta de Historia como del emergente revisionismo nacionalista.[30] Quiroguiana y antirrosista mas también, si cabe, antiliberal y antifascista.[31] En lo que hace al pasado, su revisión se integra a una vasta serie de reconsideraciones en las que el componente provincial es significativo: “Barranca Yaco” es, como en Peña, el gran quiebre histórico, porque consagra la hegemonía bonaerense. En lo que hace al presente, la figura sostiene una analogía entre dos eras, expresiva de una dramática continuidad: ayer, la muerte de Quiroga, hoy las violencias en el Parlamento (y, de inmediato, la muerte de Enzo Bordabehere); ayer el preludio de la “dictadura” de Rosas, olfateada por Sarmiento, hoy la que otros avizoran en la figura de Agustín P. Justo (quienes comienzan a ver en él no apenas un remedo sino un fascista auténtico). De allí “la significación actual de la tragedia de Barranca Yaco”, “vaga mancha sanguinolienta” diluida por escritores y literatos “falsificadores”.[32] En ella, Taborda busca fundar históricamente su “federalismo-intercomunalista”, un programa nutrido, en rigor, de fuentes muy variadas: anarquismo, comunalismo hispánico, socialismo, inquietud nacional... Pero hay también otras visitas:  

 

Se anuncia el propósito de colocar un monolito en el recodo de Barranca Yaco.

Mister Queenaf, escultor internacional, lo ha concebido en la forma de una bala semejante a las que se fabricaban en Southampton allá por 1835.

Nosotros, los gauchos de tierra adentro, nos contentamos con el dolmen figurado por las piedras de los montes nativos. Y regalamos el proyecto de Mister Queenaf a los jóvenes nacionalistas peregrinos de la Vuelta de Obligado.

Les pertenece.

Les pertenece la bala y también el héroe que hizo de ella su gloria.[33]

Mientras que la aludida “falsificación” histórica sugería un blanco liberal, este acceso poético-polémico, complementario a la “Meditación”, va en otro sentido: Taborda se carga a Rosas y al revisionismo nacionalista en simultáneo, afincado en el autonomismo pre o anticonstitucional que opone a la crisis de la democracia. Los Irazusta venían de publicar entonces su Argentina y el imperialismo británico, estaba en marcha la comisión por la repatriación de los restos de Rosas y, en efecto, el centenario del asesinato de Quiroga (que rondan figuras oficiales como Leopoldo Melo) había estimulado algún proyecto conmemorativo. Como respuesta, Taborda juega con el apellido de un escultor que evoca el Queenfaith de los Reinafé, oponiendo así Facundo a Rosas y a ese clan, Barranca Yaco a Obligado, Taborda y sus “gauchos de tierra adentro” (quiroguianos) a los peregrinos nacionalistas/rosistas, dólmenes nativos a monolitos. La bala de Barranca Yaco no ha dejado de dispararse a lo largo de un siglo. Buenos Aires contra las provincias, por decirlo de algún modo.[34] De cruces, Taborda no habla.

 

 

7Ya en 1938, algunos de aquellos nacionalistas cierran filas en el Instituto Juan Manuel de Rosas, mientras la Junta de Historia y Numismática deviene Academia Nacional de la Historia, y una flamante Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos fija la mirada en otros puntos del Camino Real. En tanto vocal, Cárcano propone la expropiación de la posta de Sinsacate, su iglesia y su cementerio –once kilómetros al sur de Barranca Yaco–, testimonios “intactos” del pasado colonial y temprano-republicano.[35] Ricardo Levene, presidente de la Comisión y de la Academia, recomienda pedir informes al delegado honorario en Córdoba, Francisco Silva, autor de una temprana “revisión” afín al Paraguay y a los últimos caudillos (1918).[36] Producto de esa convivencia aún poco problemática, entre 1940 y 1941 la posta de Sinsacate deviene Monumento Histórico Nacional, mientras la Ruta 9 trazada por Vialidad se aleja de esta senda del Camino Real.[37] La elección es congruente con el curso de una institución que, volcada a promover el “culto de la historia patria”, había dado un sesgo organizador a su actividad, poniendo las eras revolucionaria y constitucional en primer término.[38] Y si, respecto de Córdoba, eso se extiende a su patrimonio colonial, también elude una era de guerras civiles cuyo tipo representativo, el caudillo, se vuelve más urticante conforme se polarizan los rescates e impugnaciones historiográficos, incluidas las lecturas más abiertamente políticas del pasado.[39] Así Barranca Yaco se ausenta de los “lugares” que la Comisión Nacional censa y consagra en esos años.[40]

Notablemente, en el mismo 1941, la recién nacida Junta Provincial de Historia toma otro rumbo. En julio, la Biblioteca Popular del Club de Ajedrez de La Calera anuncia una conferencia a cargo del miembro Gontrán Ellauri Obligado, llamada “Para una historia de Barranca Yaco”. Con dejo programático, esta promete volver sobre tres tópicos que no podrían decirse novedosos: el tenor oficial –bonaerense o no– de la misión de Quiroga, las causas de su asesinato y la eventual responsabilidad de Rosas. Todo lleva a pensar que tampoco la lectura era novedosa, aunque se apartara de la solución dada por Cárcano, como ya había hecho Taborda siguiendo a Peña, Sarmiento y otros. Ellauri Obligado, nieto de Pastor y primo de Rafael, habría combinado desde joven gauchesca y antirrosismo, desplegando su afición de escritor en la prensa porteña y cordobesa e incursionando en la poesía, la historia y la canción.[41] Al menos un texto anterior había ido al grano en 1933 (Por la verdad de la historia. Juan Manuel de Rosas. Su complicidad en el asesinato de Quiroga) y son varias sus intervenciones el año del centenario, fundadas en su presunta posesión de la declaración de Santos Pérez. En todo caso, lo que aquí interesa es el acento en Barranca Yaco, con su carga conflictiva, acaso inseparable de la que, en términos nacionales, portaba la ínsula democrática radical de Amadeo Sabatini y Santiago del Castillo, artífice de la Junta provincial.[42]

 

 

 

8 La voluntad de ser provincial es “la lección del ‘caos’ y de la ‘anarquía’ que resuena, a lo largo de un siglo, en el dolmen de Barranca Yaco”, dice Taborda en 1935. Al parecer, se trata de un dolmen más que “figurado”. Ya en los años veinte podía verse un cartel conmemorativo, que el diario Córdoba registra ahora junto al testimonio de un paisano centenario; “el paisaje, otrora salvaje, se ha dulcificado”, concluye.[43] La cuestión del monolito está dando vueltas pero, más que ella, interesa la luz incidental arrojada por la conmemoración sobre ese suelo duraderamente oscuro.

El dejo tenebroso había alcanzado a Borges y trascenderá a su cita neofigurativa por Luis Felipe Noé, en la Serie Federal de 1961. Serie pictórica de tema histórico-político que, en conjunto, viene a sugerir que, detrás de toda aparente conciliación, late una conflictividad antigua y violenta –por caso, detrás de las medidas que aligeraron sin abolir la proscripción del peronismo, hacia el final del plan conintes.[44] Esos son los demonios que, a juicio de Noé, el federalismo supo “invocar” y que es preciso volver a traer. El caos de la Nueva Figuración se estrella contra la “mediocre democratización” que marca la hora, dirá uno de sus críticos; gesto muy habitado por revisiones anteriores, de las que este nuevo ángulo subraya la inflexión primitiva, sangrante y popular.[45] Así, nuevamente pero alimentando otro linaje, “El general Quiroga va en coche al muere”, saturando la clave psicológica: la galera toma todo el cuadro, con su cochero ya muerto y un virtual Rosas que empuja, mira o se figura en otro plano; acaso en la cabeza enorme e hirsuta de Quiroga, que sabe y va, arrastrando el espacio a su destino fatal. El paisaje no es ya siquiera aquel telón de Caccianiga.

 

 

9El 15 de setiembre de 1975, la policía del Departamento Totoral cursa un pedido de autopsia al director de la Morgue de Córdoba, destinado al “cadáver de una persona de sexo masculino no individualizada, que fuera encontrada en el interior de un aljibe existente en una casa abandonada, sita en el paraje ‘Barranca Yaco’, próxima al monolito que perpetúa la memoria de JUAN FACUNDO QUIROGA…”.[46]

El mentado monolito ofrece ya una consolidada referencia espacial al hallazgo. La incógnita por la identidad del muerto no dura demasiado. Al día siguiente, el matutino La Voz del Interior anuncia: “Encontraron en Barranca Yaco un cadáver mutilado con explosivos […] se trataría del guerrillero Marcos Osatinsky”.[47] No era un caso cualquiera: el entonces dirigente montonero había sido asesinado en Córdoba el 21 de agosto anterior, y su cuerpo secuestrado en la medianoche del 23, a poco de iniciado el traslado a Tucumán para su entierro. Esos hechos, aunque tergiversados y contenciosos, eran públicos, y habían provocado variadas reacciones. En esa arena, algunos de los datos que la nota consignaba sumariamente tenderían a borrarse o transfigurarse. El de la detonación y mutilación del cuerpo se suprimiría en la segunda autopsia oficial; otro, de localización, se perdería en los meandros de la imaginación política: según La Voz del Interior, el aljibe se hallaba a unos 200 metros al oeste del monolito de Barranca Yaco.

Pocos días después, la novísima revista Evita Montonera consigna:

La misma historia argentina

El jefe montonero Marcos Osatinsky fue asesinado por la policía cordobesa. Su cuerpo fue robado cuando lo trasladaban a su provincia natal, Tucumán.

El 14 de setiembre apareció el féretro dinamitado en Barranca Yaco, junto al monolito que recuerda a Facundo Quiroga.

Facundo, jefe montonero, fue asesinado por los Reinafé, mandatarios entonces de Córdoba. Marcos, por el Brigadier Lacabanne.

Los hermanos Reinafé murieron ahorcados por Rosas.[48]

Así, aquello que estaba “próximo” o distante 200 metros, pasa a estar “junto”; el aljibe desaparece, la casa también; subsisten apenas, anudados a Barranca Yaco, el monolito que recuerda el asesinato de Facundo y el féretro dinamitado de Osatinsky. La mengua espacial es inversa a la valoración simbólica de Barranca Yaco, implícita en la analogía. Sin duda, una analogía que podría haber reposado en un hecho fortuito, alguna razón práctica que llevara a los perpetradores a cometer ese acto allí y no en otra parte. Pero también una analogía que resulta fluida merced a la saturación significante de “Barranca Yaco” y su sinuosa carrera a través de las tradiciones políticas e historiográficas. De un lado, Osatinsky y Quiroga, del otro, Lacabanne y los Reinafé, según las formas estilizadas de un revisionismo consagrado por el líder desde la resistencia peronista. Pero el conflicto se ha trasladado al interior del movimiento, siguiendo las crispaciones del cisma entre sus alas izquierda y derecha. Evita Montonera busca su Rosas justiciero en ese inclemente cielo peronista, que deja vacante el último término de la analogía.

La figura de Lacabanne, interventor de la provincia, conecta el episodio con un drama más vasto, marcado por la agudización de la represión estatal y paraestatal, que aquella derecha empuja más allá de la “depuración” interna.[49] Todo se encamina a la nacionalización del Operativo Independencia, a la regionalización de la inteligencia “antiinsurgente” y al establecimiento de un sistema desaparecedor; y ha sido en el juego entre inteligencia del ejército y la policía de Córdoba, entre asomos legales y torturas inconfesables, en oscuros grupos de tareas que incluyen civiles, que se ha jugado la suerte de Osatinsky y de su cuerpo muerto.

La proyección local de la Alianza Anticomunista Argentina es fluida desde el año anterior: de López Rega a Lacabanne o el capitán del Ejército Héctor Vergez. En breve, la horda que este último conduce en Córdoba pasará a firmar sus crímenes como “Comando Libertadores de América” (cla).[50] Un arcaísmo más liberal que revisionista y más americano de lo que el nacionalismo señalado en algunos de sus integrantes permitiría imaginar, pero que une al ánimo refundacional (también presente en el “Operativo Independencia”) el norte continental del sistema represivo.

Respecto de Barranca Yaco, es notable que el señalado deslizamiento de las referencias espaciales no se produzca solo en la veloz sinopsis de Evita Montonera, que Roberto Baschetti prolongará en la imagen de una detonación “junto al monolito”.[51] Vergez, que se había vanagloriado de su protagonismo ante la esposa de Osatinsky, cautiva en la esma, para desligarse de todo en sus memorias, asienta en tercera persona: “Cuando el féretro de Osatinsky era transportado para su publicitado sepelio en su provincia natal, Tucumán, un grupo armado del ‘Comando Libertadores de América’ impidió que saliera de Córdoba, apareciendo luego dinamitado al pie del monolito que recuerda, en Barranca Yaco, el asesinato de Juan Facundo Quiroga”.[52]

 

 

10Aunque todo indica que la elección del sitio fue deliberada, no resulta evidente lo que los “libertadores” creyeron hacer con ello. Según el exitoso Ceferino Reato, con sus fuentes tan reservadas, la operación habría sido comandada por Vergez y Raúl Telleldín, cabezas de la alianza entre ejército y policía que el cla prolongaba. Tras el secuestro del ataúd, el segundo habría exclamado: “¡Vamos a hacerlo nacionalista, vamos a tirarlo a Barranca Yaco!”.[53] En 2017, Vergez volverá sobre el evento, ahora como partícipe, sea rememorando, sea parafraseando la expresión fijada por Reato.[54]

En términos generales, desde su confluencia con vertientes del nacionalismo plebeyo y la asunción historiográfica del líder, la derecha peronista había estabilizado ciertos componentes ideológicos, uniendo a su anticomunismo y a su antisemitismo una cierta visión revisionista del pasado nacional.[55] Por vaga e inarticulada que fuera, esta ha sido señalada tanto en la Triple A como en el cla, e incluso habría entre los miembros de este comando algún aficionado a la historia argentina, según dice del militar Luis Manzanelli una sobreviviente de La Perla.[56] Los precisos odios políticos que Osatinsky concitaba pudieron unirse entonces a los arraigados lugares comunes de esa derecha que acusaba en las organizaciones armadas –comenzando por las peronistas– un factor apátrida (“marxista” y “sinárquico”) que debía ser eliminado.[57] Y aquí debió contar, tanto o más que el origen judío de Osatinsky, su pasado comunista y su peronización a partir de la izquierda revolucionaria; es decir, su peronismo no “a secas”.[58]

Con todo, dado que el revisionismo era muy variado, el modo en que Barranca Yaco volvería “nacionalista” a Osatinsky es menos claro. Y aun dentro de esa oscuridad y ese evidente desquicio, cabría imaginar al menos dos asociaciones brutales, capaces de excitar la imaginación de los perpetradores. Una partiría de un genérico revisionismo, tributario de un también genérico nacionalismo, según el cual los caudillos eran la nación y, por tanto, el fantasma de Quiroga era capaz de aleccionar el alma díscola de Osatinsky.[59] Otra, en cambio, prolongaría algunas de las genealogías más precisas, que distinguían hasta enfrentar a Rosas y Quiroga. Así, la propia identidad “montonera” asimilaría los destinos disolventes de Quiroga y de Osatinsky, lúgubremente reunidos en Barranca Yaco por quienes eran, creían ser, los representantes del orden (en el extremo, Rosas).

Que ni la elementalidad ni el salvajismo excluyen alguna idea de la historia lo demuestra uno de los referentes de Vergez y Telleldín: José López Rega, quien, a días de la muerte de Perón, había logrado la aprobación parlamentaria de un monumental “Altar de la Patria”, bajo el signo de la “unidad nacional”.[60] Rosas y Quiroga convivirían allí con algunos de sus conspicuos enemigos, lo que en parte corría la frontera entre lo nacional y lo no nacional, en el mismo momento en que –ya en registro doblemente esotérico– López Rega impulsaba la “depuración interna” del peronismo, contra los presuntos agentes del comunismo internacional.[61]

Por lo demás, conviene no descuidar la predilección de la izquierda peronista por la figura de Quiroga, distante de las menos fluidas invocaciones de Rosas, a las que Evita Montonera no escapaba del todo. Rodolfo Ortega Peña, nieto de ese gran vindicador que había sido David Peña, ya había dibujado en Facundo y la montonera (1968) un Quiroga “revolucionario”, y sería el primer muerto reconocido de la purga “patriótica” de la Triple A, el último día del mismo julio de 1974.[62] También en ese año, “La muerte de Quiroga”, historieta de Héctor Oesterheld y Leopoldo Durañona en El Descamisado, debilitaba su exculpación de Rosas invocando al organizador malogrado: “Quiroga, mucho más que Rosas, era la esperanza más auténtica de la integración nacional”.[63]

Aunque indecidible y confuso, algún sentido habita la oscuridad de este “Barranca Yaco”. Si, en su momento, el recurso al aljibe pudo ser una “firma”, como sugiere Ríos, capaz de encadenar una serie de atentados semejantes con vistas a un disciplinamiento de tipo capilar general, el caso de Osatinsky introduce una variación significativa.[64] El rápido borramiento del aljibe en las evocaciones del episodio, en beneficio del monolito y el paraje, expone un conflicto para entendidos, que se libra a través de las tradiciones políticas del siglo xix. La inexactitud espacial corresponde acabadamente a la nitidez simbólica del acontecimiento liminar, leído como fuese. En este punto, Evita Montonera expone un reconocimiento inmediato. Y, si no en otro sitio, dentro de las tradiciones políticas el nombre de Osatinsky trascenderá (contra el anatema de Vergez), recargando el acontecimiento originario: “Marcos murió. Volaron el cadáver en Barranca Yaco. Compartió el polvo y la sangre con Facundo. Mi hijo nació unos meses después. Lo llamamos Marcos”.[65]

 

 

11El lugar del asesinato de Quiroga fue elegido en segunda instancia, deshecho un plan en San Pedro y atento a razones prácticas: debía ser “Antes de que entrara en territorio de Santiago” y apto para una emboscada.[66] En el caso de Osatinsky, cuyo cuerpo “no tenía que llegar a Tucumán”, un largo rodeo que excedía ese tipo de razones llevó a desandar cincuenta kilómetros y ciento cuarenta años hasta Barranca Yaco.[67] En 1835, un lugar elegido por sus atributos físicos; en 1975, por su carga simbólica.

Poco de esas rutas lúgubres resonará en las intervenciones territoriales del ciclo democrático ulterior, comenzando por el Programa de Revalorización Histórico-cultural y de Promoción Turística del Camino Real, iniciativa legislativa de 1989.[68] Ocho años después, se roza el absurdo: mientras algún inconveniente judicial demora la concreción de una donación de terreno propuesta en 1972, que incluía el monolito, otra oferta es sumariamente aprobada por la Legislatura de Córdoba. Parece tratarse de un lote conexo, mayor pero en pendiente negativa, desprendido de la vieja estancia Totoral Grande; es probable que sus dueños también lo fuesen ahora del terreno donado “por otros anteriores propietarios”, sin que sea claro si este era el mismo de la casa y el aljibe abandonados. Lo curioso es que la contraparte estatal prevé la construcción “de un monolito recordatorio del General Juan F. Quiroga” y/o de la “infraestructura necesaria”; ambos elementos recogidos en el veto que, amparado en imprecisiones históricas y de otro tipo, ejercerá el gobernador radical Ramón B. Mestre. Por un lado, se inquiría qué justificaba históricamente la construcción de “otro monolito” conmemorativo; por otro, se objetaba nivelar un terreno señalado como una “hondonada”, sujeta al ritmo estacional de las lluvias.[69] Tras lo que parece haber sido una contrapropuesta de donación, resurge el problema de la inestabilidad de las localizaciones históricas y memoriales, desatendido por la Legislatura; el espacio, a su vez, recobra una inesperada textura. Es casi poético que del Totoral Grande hubiera salido el oficial Cesáreo Peralta, jefe de una de las partidas que convergieron con la de Santos Pérez; la administraban entonces los Reinafé, según anotó Rosas en su citada carta a López.[70]

Ya con vistas al Bicentenario, encadenada al programa de 1989 tiene lugar la declaración de la “traza norte del Camino Real” como “lugar histórico” provincial, medida discutida y aprobada en la Legislatura entre 2008 y 2010, con insumos provistos por historiadores norteños, municipios y la Junta Provincial de Historia.[71] Esta presume la amortiguación de un área de 500 metros a cada lado del eje, incluida la prohibición de tala y daño del bosque nativo, hecho simultáneo a una acelerada sojización, que la misma Legislatura acompaña. En Barranca Yaco, concretada la primera donación (ca. 2005), una plaza seca vendrá a dominar un novedoso sistema monumental que –inaugurado en 2009, con el rescate del Camino Real– no cesa de transformarse. Las estilizadas cruces evocativas de aquellas mentadas por Cárcano son su pieza más sugerente; a ellas se une desde el comienzo un muro lineal que soporta un busto de Quiroga y crecientes placas oficiales, riojanas y cordobesas. Ya en 2018, al conjunto se añaden otro busto de Quiroga, obsequiado por La Rioja, y una nueva placa encargada por el Gobierno de Córdoba, ambos de grandes dimensiones: “Es necesario hacer ver a estos serviles que no somos caciques, sino unos amantes de la libertad de nuestra patria y nuestros pueblos”, dicen esos gobiernos –dueños de la iniciativa– con palabras de una carta de Juan Bautista Bustos a Quiroga, de 1826. Un localismo ostensivo y políticamente errático alimenta ese rescate simultáneo desde años atrás y con ritmo propio.[72] El compromiso del gobernador Juan Schiaretti con el Barranca Yaco quiroguiano, acorde al revisionismo genérico del peronismo de postdictadura, contrasta con el opacamiento del de Osatinsky, más todavía si se atiende a su presencia en los juicios por crímenes de lesa humanidad.

En aquel 2018, el conjunto monumental será además enrejado, con sensible pérdida de gravedad. La marginalidad del monolito de piedra, que queda a un costado, es evidente. En tanto, enfrente y a pocos metros del memorial de Barranca Yaco, la soja invade visiblemente el ayer monte nativo del área de amortiguación del Camino Real.[73] Desde 2022, un proyecto propone declarar el paraje “lugar histórico nacional” y señala como índice inequívoco del sitio las cruces presuntamente erigidas allí tras 1835. [74]

 

 

 

12Es 2021 y un video breve promete volver sobre el asunto: desde un coche detenido en la banquina se ve una encrucijada, pasa la Ruta Nacional 9, orillada de soja. El auto se pone en movimiento, gira en U y banquinea nuevamente; a la derecha, junto a una arcaica plantación de maíz, un cartel rutero indica: “Barranca Yaco 3”. El coche endereza y acelera hacia un lugar al que lo han conducido la historia, la literatura o la memoria. Lo hace sin gravedad, llevado por un contrapunto de música de cuarteto. Un título se sobreimprime: “La saga de los mártires unitarios regresará”.[75]

El anuncio parece aludir, también en contrapunto, a la segunda figura prevista en la saga del cineasta Mariano Llinás: el general Paz, unitario, enemigo político-militar de Quiroga pero también memorialista que sabría acordarle su liderazgo “interior”.[76] En cualquier caso, este retorno tiene lugar en la Argentina en la que se ha postulado una “grieta” que, en algún punto, busca hacer estallar. La clave de comedia da a las incursiones de Llinás los matices que faltan en ingresos más graves, todos sintomáticos de una curiosidad renovada y extendida a la que este texto –escrito en un momento ya inesperadamente distinto– no escapa.

 

Retengamos del episodio apenas lo más obvio: el presupuesto de que, en Barranca Yaco, se tensa una cuerda larga de la historia y la política argentinas; a grandes rasgos, la inquietud que atraviesa esta indagación. Ese drama principia con el asesinato de Quiroga, tempranamente discernido como acontecimiento fundamental, desprendido del paraje en que tuvo lugar, investido de su topónimo y difractado en mil registros y direcciones, también con distintas valencias.[77] El acontecimiento vive y se recrea conducido por, y a través de, las tradiciones histórico-políticas, que por momentos se sumergen, en otros se crispan y se baten, reactivando su memoria. Los testimonios de la accidentada vida de “Barranca Yaco” en tanto representación, son incontables. Los evocados pueden, sin embargo, dar una idea, incluso de los momentos de actividad y deflación significante (¿qué es, si no, ese descualificado acopio de gestos oficiales enrejados hoy en Barranca Yaco…?).

Pese a esa inestabilidad, su persistencia como latitud histórico-política se advierte bien en el extremo: respecto de un episodio como el de Osatinsky, que también extrema los instrumentos de la historia.[78] Grave y revelador, este resulta reducido a mero suceso y absorbido por el acontecimiento liminar que lo ha modulado. Contenciosa como fue la memoria de las guerras civiles y el caudillismo, en algún momento esta se integró, de maneras más o menos apacibles, a una historia y una memoria nacionales. A ellas apelan, con inciertas muecas “federales”, legisladores y gobernadores contemporáneos. El tema de Osatinsky, que desconocen o sumergen, sigue su curso dentro de una memoria sectorial, abierta y sangrante pero minoritaria.[79] El lugar permanece solitario, con su conmemoración enjaulada y sus secretos latiendo en un islote de monte. Lo demás es soja. o

 

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Vergez, Héctor (Capitán R.), Yo fui Vargas. El antiterrorismo por dentro, Buenos Aires, edición del autor, 1995.

Resumen / Abstract

Barranca Yaco. Una latitud histórico-política argentin

El artículo analiza el modo accidentado en que “Barranca Yaco” devino una duradera latitud histórico-política argentina. Partiendo del asesinato de Facundo Quiroga en el paraje de ese nombre (1835), su rápida elaboración como acontecimiento crucial y su asimilación al topónimo mismo, recorre una serie de prolongaciones y difracciones historiográficas, genéricamente culturales o propiamente políticas, a través de las cuales se compuso aquel lugar. Atiende, también, las formas en las que el acontecimiento liminar, diversamente valorado, alimentó y absorbió otros sucesos, en especial el que instaló con él la relación más directa y oscura: la detonación del cadáver de Marcos Osatinsky por el Comando Libertadores de América, en 1975. Las oscilaciones, estratificaciones y bifurcaciones se advierten mejor yendo un poco más allá: al giro de siglo patrimonialista, conmemorador, incluso memorial.

 

Palabras clave: “Barranca Yaco” - Latitud histórico-política - Siglos xix/xxi

 

Barranca Yaco. An Argentine historical-political latitude

This article analyses the eventful way in which “Barranca Yaco” became a long-lasting Argentine historical-political point of latitude. Starting with the assassination of Facundo Quiroga in the place of that name (1835), its rapid elaboration as a crucial event and its assimilation to the toponym itself, it has gone through a series of historiographical extensions and diffractions, generically cultural or strictly political, through which that place was composed. It also looks at the ways in which the liminal event, diversely valued, fed into and absorbed other events: in particular, the one that established the most direct and obscure relationship with it: the explosive detonation of Marcos Osatinsky’s corpse by the Comando Libertadores de América in 1975. Those oscillations, stratifications, and bifurcations are best seen by going a little further: to the patrimonialist, commemorative, even memorialist turn of the xxist century.

 

Keywords: Barranca Yaco” – Historical-political latitude - 19th/21st centuries

 

Fecha de recepción del original: 16/7/2025

Fecha de aceptación del original: 22/9/2025

 

 



* Agradezco el estímulo y las contribuciones de Andrés Bisso, Daniel Lvovich, Alejandro Cattaruzza, Daniel Sazbón, Marcela Ternavasio, Lila Caimari, Anahí Ballent, Judith Farberman, Alejandro Eujanian, Damián Santa, Mariana Daín, Adrián Gorelik, María Victoria López, Paula Molina, Diego García, del seminario “En la penumbra” (unc) y de los evaluadores anónimos.

** Correo electrónico: anaclarisaa@yahoo.es  orcid: orcid.org/0009-0003-5092-0200.

[1] En Enrique M. Barba (comp.), Correspondencia entre Rosas, Quiroga y López, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, p. 221.

[2] Causa criminal seguida contra los autores y cómplices de los asesinatos perpetrados en Barranca-Yaco, territorio de Córdoba, el día 16 de febrero del año de 1835, en las personas del Exmo. Sr. Brigadier General D. Juan Facundo Quiroga, Comisionado del Exmo. Gobierno de Buenos-Aires; su Secretario, Coronel Mayor D. José Santos Ortiz, y demás individuos de su comitiva. Con las defensas de los reos, acusación del Fiscal del Estado, dictámenes del Juez Comisionado, y del Asesor General; y las últimas actuaciones hasta la sentencia definitiva, y su ejecución, Publicación Oficial, Buenos Aires, Imprenta del Estado, 1837, p. 91.

[3] Ibid., pp. 12, 309, 345; Ramón J. Cárcano, Juan Facundo Quiroga. Simulación, infidencia, tragedia, Buenos Aires, Roldán Editor, 1931, p. 264.

[4] Ibid., pp. 267, 268.

[5] Se salvan el correo Marín y el asistente del Dr. Ortiz, que venían más atrás y logran escapar. Causa criminal, pp. 12 y 13.

[6] Ibid., p. 135.

[7] Una selección de los versos relativos en la Encuesta Nacional del Folklore de 1921 y otros rescates, en Olga Fernández Latour, Cantares históricos de la tradición argentina, Buenos Aires, Instituto Nacional de Investigaciones Folklóricas, 1960, pp. 40 a 69. Véase también, Ariel de la Fuente, Los hijos de Facundo. Caudillos y montoneras en la provincia de La Rioja durante el proceso de formación del Estado nacional argentino (1853-1870), Buenos Aires, Prometeo, 2007, pp. 155 a 192, y Christophe Larrue, “Variations autour d’un assassinat politique: Facundo Quiroga”, América. Cahiers du criccal, vol. 1, n° 43, 2013.

[8] Así “Don Hacha” por Macha, “Anteguasa” por Intihuasi, y esta o Totoral por Macha, pero también Sinsacate (adonde solo volvería muerto) antes, y no después, de Barranca Yaco. Fernández Latour, Cantares históricos, pp. 41, 44, 49. 

[9] Ibid., p. 42.

[10] Pablo Caccianiga, Atroz asesinato cometido en Barranca Yaco el 16 de febrero de 1835 contra el Benemérito Gral. D. Facundo Quiroga y su comitiva. La “atrocidad” recoge algo de las discusiones jurídicas sobre el tenor aleve del atentado, agravado por haber sido en “yermo o despoblado”. Causa criminal, pp. 29, 41, 49, 349. Sobre el proceso bonaerense, véase Ricardo Salvatore, “Barranca Yaco: justicia y política en la confederación rosista”, en J. M. Palacio (dir.), Desde el banquillo: escenas judiciales de la historia argentina, Buenos Aires, Edhasa, 2021.

 

[11] Los argumentos fueron reunidos por Fernández Latour (Cantares históricos, pp. 59-61), que finalmente suscribirá la primera idea. Entre las objeciones, Centro Editor de América Latina, Capítulo. La historia de la literatura argentina, n° 14: “El ensayo: Domingo F. Sarmiento” (preparado por Adolfo Prieto), Buenos Aires, ceal, 1967, p. 325.

[12] Domingo F Sarmiento [1845/1851], Facundo. Civilización y barbarie, Buenos Aires, Eudeba, 1961, pp. 197-198.

[13] Centro Editor de América Latina, Capítulo n° 14, pp. 324-326.

[14] Pese a las advertencias, Quiroga mantiene su ruta, forzando el arquetipo del destino individual. Así en esta variante popular recogida en 1921: “Enfrente del Totoral / una mujer le decía / –Mire, señor general / que hoy día pierde su vida”. / “No se dispuso él a creer / lo que le había ‘e suceder; / que le quitaran la vida / sin que él diera el porqué”. Fernández Latour, Cantares históricos, p. 41; Sarmiento, Facundo, pp. 198-199.

[15] Sarmiento, Facundo, p. 188.

[16] Saldías despliega y revisa el capítulo de Sarmiento, rematando el relato del proceso criminal con la discusión sobre las responsabilidades; el segundo gobierno de Rosas es tratado en el capítulo siguiente. Peña consagra la mayor parte a la revisión del proceso. El “Barranca Yaco” de Cárcano integra “La tragedia” de Quiroga, que comienza donde el de Sarmiento y toma ocho capítulos, varios relativos al proceso bonaerense, que halla tendencioso más allá del resultado. Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina - Rozas y su época, t. ii, capítulo “Barranca Yaco”, Buenos Aires, Lajouane, 1892 (2a edición); David Peña, “Barranca-Yaco”, Contribución al estudio de los caudillos argentinos. Juan Facundo Quiroga. Conferencias en la Facultad de Filosofía y Letras, Buenos Aires, Coni, 1906; Cárcano, Juan Facundo Quiroga, pp. 245-283.

[17] Sobre Causa criminal, Salvatore, “Barranca Yaco”, pp. 75-77.

[18] Cárcano, Juan Facundo Quiroga, pp. 227-229.

[19] Ibid., p. 358.

[20] Jorge Luis Borges, “El general Quiroga va en coche al muere”, en Luna de enfrente, Buenos Aires, Proa, 1925, pp. 15-16. Según Joaquín V. González, el tenor de su muerte había devuelto al caudillo riojano la popularidad menguada por su etapa porteña, diluyendo sus viejas ferocidades (“Facundo” [1888], La tradición nacional, Buenos Aires, unipe, 2015). Borges explotará esa reparación en “Diálogo de muertos”, donde Quiroga agradece a Rosas haberle preparado una muerte extraordinaria (El hacedor, Buenos Aires, Emecé, 1960, pp. 24-27).

 

[21] Tulio Halperin Donghi, “Facundo y el historicismo romántico”, Ensayos de historiografía, Buenos Aires, El cielo por asalto, 1996.

[22] Vicente Fidel López [1896], “Lección L”, Segunda Parte. Período de la Independencia. Manual de la historia argentina, Buenos Aires, AV. López editor, 1910, pp. 706, 707.

[23] La sustracción del proceso judicial al estado confederado de Córdoba, fundada en la implicación de los Reinafé y el tenor oficial de la misión de Quiroga, aunque avalada por las provincias, es también leída por Rosas como extralimitación del Encargo de Relaciones Exteriores.

[24] Peña, “Barranca-Yaco”, pp. 413, 429.

[25] Sobre las revisiones tempranas de la narrativa liberal y el revisionismo tout court: José Carlos Chiaramonte, “En torno a los orígenes del revisionismo histórico argentino”, en A. Frega y A. Islas (coords.), Nuevas miradas en torno al Artiguismo, Montevideo, fhce, 2001; Alejandro Cattaruzza, “El revisionismo: Itinerario de cuatro décadas”, en A. Cattaruzza y A. Eujanian, Políticas de la historia: Argentina 1860-1960, Buenos Aires, Alianza, 2003; Fernando Devoto, “El revisionismo histórico”, en F. Devoto y N. Pagano, Historia de la historiografía argentina, Buenos Aires, Sudamericana, 2009, pp. 204-209 en especial. Sobre revisiones en otros registros, María Julia Blanco y Alejandro Eujanian, “Rosismo y antirrosismo en Los dramas del terror de Eduardo Gutiérrez y sus nuevas versiones a través de los diversos contextos de edición (1881-1940)”, Claves. Revista de Historia, nº 9, 2024.

[26] En 1879, cuando vivaba a otro “conquistador”, había encarado el papel de Quiroga en la campaña del desierto, luego inicio del libro. Peña murió en 1930.

[27] Cárcano, Juan Facundo Quiroga, pp. 325, 327.

[28] Muchos testimonios en Mina Navarro, Planteamiento de un problema: la heterodoxia de Saúl Alejandro Taborda (1885-1944), tesis doctoral en Estudios Latinoamericanos, México, unam, 2011.

[29] José Barreiro, “El Sentimentalismo Regional y la Reacción Trabajan por una Reivindicación Imposible”, Crítica, 2 de marzo de1935, p. 3.

[30] Al que lo acerca el antiimperialismo pero del que lo alejan el nacionalismo y el rosismo. Saúl Taborda, “Meditación de Barranca Yaco”, Facundo (Crítica y polémica), nº 1 (reproducido en Saúl Taborda. Escritos políticos, 1934-1944. Escritos póstumos, Córdoba, unc/Biblioteca Nacional, 2008), p. 11. Una mirada ácida de la Historia de la Nación Argentina de Levene, en pp. 14 y 15.

[31] Ana Clarisa Agüero y Diego García, “Saúl Taborda y el comunalismo: una fórmula histórico-política para un país confederal”, en C. Altamirano y A. Gorelik (eds.), La Argentina como problema, Buenos Aires, Siglo XXI, 2018.

[32] Taborda, “Meditación”, pp. 10 y 3. Es probable que esta “falsificación” viniera del Ghioldi de Soviet, en 1934, antes que del nacionalismo. Cattaruzza, “El revisionismo”. 

[33] Saúl Taborda, “Dolmen”, Facundo, nº 1, 1935, pp. 17-18.

[34] Adrián Gorelik, “Buenos Aires y el país: figuraciones de una fractura”, en C. Altamirano (ed.), La Argentina en el siglo xx, Buenos Aires, Ariel, 1999, pp. 141 en adelante.

[35] Propiedad del Banco Hipotecario de la Nación. Boletín de la cnmmlh, Año i, nº 1, 1939, p. 252.

[36] Devoto, “El revisionismo histórico”, p. 207.

[37] Boletín de la cnmmlh, Año iii, Nº 3, 1941, pp. 447-448. Sobre la heterogeneidad inicial y la normalización de la Junta, ver Cattaruzza, “El revisionismo”; Devoto, “El revisionismo histórico”.

[38] Decreto de creación de la cnmmlh, Boletín de la cnmmlh, Año i, nº 1, 1939, p. 7.

[39] María Sabina Uribarren, “La Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos de la Argentina, entre 1938 y 1946: el patrimonio cultural y la construcción de una idea de nación”, Cuadernos de Historia, nº 11, 2009, p. 230. Levene se inquieta ante el Museo Histórico Nacional: una sala pequeña para “la gesta revolucionaria de Mayo”, otra para “los símbolos de la nacionalidad”, “mientras que la época de la tiranía de Rosas cuenta con dos salas amplísimas”. Ravignani calla. Sesión del 3/10/1938, en Boletín de la cnmmlh, Año i, n° 1, 1939, p. 221.

[40] En 1946, cuando en Sinsacate se inaugure el Museo Rural, Levene recordará que en ese “edificio característico de las postas antiguas” se había velado a Quiroga. Boletín de la cnmmlh, Año ix, nº 9, 1948, pp. 334-336.

[41] Ya en 1918 Ellauri había asentado la imagen de un Rosas maquinador: “¿Qué piensa el futuro verdugo de su patria?”, se pregunta. “De la romancesca vida de Lavalle / La famosa entrevista de Cañuelas”, Caras y Caretas, n° 1032, 1918. En 1938 publica una Historia de la provincia de Córdoba para uso escolar; firma como “Académico fundador de la Academia Americana de la Historia”.

[42] Arturo Capdevila la había abolido en “Romance de Barranca Yaco”: la partida criminal deja a Quiroga seguir viaje; así, “otra correrá la historia”, Enrique González Trillo y Luis Ortiz Behety, Lecturas obligatorias para la escuela primaria. Quinto grado, Buenos Aires, Librería del Colegio, 1940, pp. 38-40.

[43] Córdoba, 15 de febrero de 1935, citado en Navarro, Planteamiento, p. 259.

[44] Plan Conmoción Interna del Estado, implantado en 1958 por el gobierno de Frondizi.

[45] Salvador Linares, “Crítica de exposiciones: Luis Felipe Noé expuso recientemente en la galería Bonino una inquietante serie de óleos con motivos históricos”, Del Arte: plástica, literatura, teatro, música, cine, t. v, nº 1, julio de 1961; Roberto Amigo, “Las armas de la pintura”, en Las armas de la pintura. La Nación en construcción (1852-1870), Buenos Aires, mnba, 2008, p. 19.

[46] Este y otros documentos policiales son ponderados y reproducidos en Lucía Ríos, Indagaciones antropológicas en torno a los cadáveres de personas asesinadas por motivos políticos durante la década de los setenta, tesis de Doctorado en Antropología, Universidad Nacional de Córdoba, 2022, pp. 330 y siguientes. 

[47] La Voz del Interior, 16 de septiembre de 1975, citado en Ríos, Indagaciones, p. 173. Sobre la figura: Horacio Tarcus (dir.), “Osatinsky”, Diccionario biográfico de la izquierda argentina, Buenos Aires, Emecé, 2007; Mora González Canosa y Emmanuel Kahan, “Identidad política y etnicidad. La trayectoria militante de Marcos Osatinsky, fundador de las Fuerzas Armadas Revolucionarias”, Memoria Académica, vol. 19, nº 9, 2021.

[48] Evita Montonera, Año 1, nº 7, septiembre de 1975, p. 31.

[49] Marina Franco, Un enemigo para la nación. Orden interno, violencia y “subversión”, 1973-1976, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2012; Juan Luis Besoky, Introducción al dossier “Aportes para repensar el entramado represivo en el tercer gobierno peronista, 1973-1976”, Historiapolítica.com, 2023; Juan Luis Besoky, “La derecha peronista entre la última dictadura militar y el gobierno democrático radical. Una aproximación a través de las trayectorias de vida de sus militantes”, en E. Bohoslavsky, O. Echeverría y M. Vicente (coords.), Las derechas argentinas en el siglo xx. El retorno democrático y el largo plazo, Tandil, Editorial unicen, 2023.

[50] Melisa Paiaro, “Exhibir el terror. El Comando Libertadores de América: Entre el asesinato político y la restauración de la honra”, en A.C. Solís y P. Ponza (comps.), Córdoba a 40 años del golpe. Estudios de la dictadura en clave local, Córdoba, Editorial ffyh-unc, 2016.

[51]Osatinsky, Marcos”, disponible en robertobaschetti.com/osatinsky-marcos/.

[52] Sara Solarz aludió a los dichos de Vergez en reiteradas declaraciones desde comienzos de los ochenta, varias consideradas en la instrucción de la Causa Barreiro, de 2010, por la Justicia Federal. Héctor Vergez (Capitán R.), Yo fui Vargas. El antiterrorismo por dentro, Buenos Aires, edición del autor, 1995, p. 149, subrayado nuestro.

[53] Ceferino Reato, ¡Viva la sangre! Córdoba antes del golpe, Buenos Aires, Random-Mondadori, 2013, p. 109.

[54] “Héctor Vergez: confesiones de un capitán indecente”, entrevista de Waldo Cebrero, Enredacción, 28/12/2017, enredaccion.com.ar/hector-vergez-confesiones-de-un-capitan-indecente/. El periodista precisa las coordenadas del atentado.

[55] Daniel Lvovich, “Las derechas nacionalistas frente al peronismo”, Prismas. Revista de Historia Intelectual, nº 24, 2020; Cattaruzza, “El revisionismo”; Besoky, “La derecha peronista”.

[56] “Causa Barreiro y otros”, Instrucción, Expediente 12.627, Justicia Federal, Córdoba, 2010, pp. 249-250. 

[57] Entre las razones de aquel odio, la toma de la localidad de Garín en 1970, cuando revistaba en las far, el plan de fuga del penal de Rawson, en agosto de 1972, o su asociación con el asesinato de Rucci.

[58] La expresión remite a Felipe Romeo, director de El Caudillo de la Tercera Posición, ligado a la Triple A; citado en Besoky, “La derecha peronista”, 2023, p. 11.

[59] Nicolás Suárez avanza en esta dirección, señalando una también común clave paranoica en el atentado y en Yo maté a Facundo, película de Hugo del Carril estrenada en mayo de 1975. Nicolás Suárez, “Ficción paranoica y revisionismo en Yo maté a Facundo, de Hugo del Carril”, ponencia en Actas del V Congreso de AsAECA, 2016.

[60] Nicolás Kasansew, “El proyecto faraónico que no fue”, La Prensa, 5 de noviembre de 2024.

[61] Esa “depuración” estimula especialmente al cla, cuyas primeras acciones se concentran (exceptuados un delito común y una venganza —Paiaro, “Exhibir”—) en el peronismo de izquierda; el crimen de Osatinsky y el encarnecimiento con su cuerpo marcan un punto alto de esa orientación, que comienza a virar el día previo, con el intento de copamiento de la D2 por el prt-erp, el 20 de agosto. 

[62] Un Quiroga revolucionario, cuyo ansiado retorno (según el arquetipo heroico) anuncia el del líder del peronismo, dice Larrue, “Variations”, p. 15. Sobre el texto de Ortega Peña y Eduardo L. Duhalde, véase también Tulio Halperin Donghi, “El revisionismo histórico argentino como visión decadentista de la historia nacional”, Ensayos de historiografía, Buenos Aires, El cielo por asalto, 1996.

[63] Reproducido en Ignacio Barbeito y Javier Trímboli, Sombra terrible. Sarmiento entre civilización y barbarie, Córdoba, isep, 2023, p. 57. Subrayados nuestros.

[64] “Firma”, en especial, respecto del sonado crimen de la familia Pujadas. Ríos, Indagaciones.  

[65] Martín Gras, respuesta en “La madre de todos nosotros”, Revista Haroldo, 5 de diciembre de 2020, disponible en: revistaharoldo.com.ar/nota.php?id=563.

[66] Causa criminal, p. 6.

[67] “Héctor Vergez”; Informe de la Policía Federal del 25 de agosto de 1975, reproducido en Ríos, Indagaciones; FMI Cable, “Recent Death of Montonero leader Marcos Osatinsky in Cordoba”, 26 de agosto de 1975, documento secreto desclasificado en 2019; disponible en: nsarchive.gwu.edu/document/18418-national-security-archive-doc-02-fbi-cable.

[68] Ley provincial Nº 7812.

[69] Veto Total del Poder Ejecutivo Provincial a la Ley Nº 8644, en Compilación de Leyes culturales, 1983-2002, Legislatura de la Provincia de Córdoba, 2023, pp. 66-67.

[70] En Barba (comp.), Correspondencia, p. 217.

[71] Comprende el eje entre la estancia de Colonia Caroya y el límite con Santiago del Estero por la ruta 18. Ley provincial 9883, 2010. Diario de Sesiones. Poder Legislativo de la Provincia de Córdoba, 23/12/2008, pp. 4196 y siguientes; Ley Nº 9883 en Leyes culturales…, pp. 72-73.

[72] Bustos, héroe provincial del postulado “cordobesismo”, mereció ocho estatuas ecuestres desde 2010, mientras los sucesivos gobiernos nacionales inflamaban o anulaban contenciosamente el pasado.

[73] Este paisaje ha visto nacer un “Consorcio de conservación del suelo” llamado Las Barrancas, preocupado por la erosión hídrica. Se ha recomendado rotar allí los cultivos.

[74] Proyecto de la senadora María del Valle Vega, Orden del día N° 412, Senado de la Nación, 22/9/2022. Declarada peronista, Vega accedió al cargo con Juntos por el Cambio. Al menos la comisión de esa Cámara se expidió favorablemente sobre el proyecto. Hasta hoy, Barranco Yaco no figura en el listado de sitios de la Comisión Nacional.

[76] La primera fue Gregorio Aráoz de Lamadrid (Concierto para la batalla de El Tala, 2021).

[77] La correspondencia entre Vicente Maza y Rosas de 1834 sugiere que los términos en que se describió el martirio federal del salteño Pablo Latorre (asimilado a Dorrego) transitaron luego a Quiroga, cuyo asesinato sumergió al anterior. En Barba, Correspondencia, pp. 206-207.

[78] François Hartog y Jacques Revel, “Note de conjocture historiographique”, en F. Hartog y J. Revel (dirs.), Les usages politiques du passé, Éditions de l’EHESS, París, 2001.

[79] Esto incluso transcurrido un profuso ciclo memorial, amplificado por el Estado.