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Reseña

Sofía Mercader, ‘Punto de vista’ and the Argentine Intellectual Left,

 

Luis Ignacio García (1)

 

(1) Universidad Nacional de Córdoba / CONICET

 

Londres, Palgrave Macmillan, 2021, 269 páginas

 

Hace tiempo que necesitábamos una historia de Punto de Vista (pdv). La historia de una protagonista clave del pasado reciente de la crítica en nuestro país. Necesitamos esa historia si queremos imaginar futuros posibles para la función intelectual en tiempos que parecen prescindir de ella. La revista publicó su último número en 2008, cerrando una de las experiencias de la crítica cultural más intensas de la posdictadura argentina. Su final representaba también el ocaso de todo un ciclo de transiciones político-culturales en la región, a la vez que el cierre de una era de la crítica y de la figura del intelectual en cuanto tal. Porque 2008 se fue convirtiendo en una fecha bisagra en la que enmarques arraigados del debate público comenzaron a estallar junto con el desmoronamiento de evidencias que creíamos firmes de los pactos político-culturales de las transiciones democráticas. Lo que caracteriza a las “nuevas derechas” (que espejan en su denominación a la hegemonía cultural de las “nuevas izquierdas” que dominaron las últimas décadas del siglo xx), en emergencia desde entonces a nivel global, es menos su extremismo político que su ductilidad técnica y comunicativa para operar en circuitos que prescinden de toda pauta democrática de legitimación pública, síntoma inquietante de una mutación de las estructuras modernas de la llamada “esfera pública” y de los procesos de subjetivación política implicados en ellas. pdv es testimonio ejemplar de una edad de la crítica que parece agotada en tiempos de redes sociales, fake news, algoritmos e influencers. De hecho, su propio legado activo parece haberse fragmentado entre el trabajo académico y las incursiones mediáticas de figuras individuales: entre especialistas y celebrities, el intelectual parece en franco declive. Su modernidad es hoy nuestra antigüedad. Pero así como lo moderno construyó una antigüedad para lanzarse a su propia aventura histórica, necesitamos definir los perfiles de esta modernidad en retirada para imaginar la consistencia de nuestro caótico tiempo. Y para relanzar la promesa que la figura del intelectual asignó a las potencias de la palabra en el diseño de destinos colectivos. Heredarla requiere realizar su inventario.

El libro de Sofía Mercader está basado en su disertación doctoral en la Universidad de Warwick. No deja de ser paradojal una lectura en clave académica de un proyecto cultural que siempre criticó la reducción académica del trabajo intelectual. Sin embargo, prefiero pensar que el libro es testigo del sugerido desfasaje entre dos edades distintas de la crítica. En nuestro país, una nueva camada intelectual se ha visto impulsada por políticas de financiamiento público a la formación de alto nivel de investigadores/as, generando nuevas formas de acción e interacción intelectual que no necesariamente encuentran sus formas de intervención en los marcos tradicionales. pdv realizó sus propios balances de proyectos intelectuales anteriores, en los que se reconocía y con los que buscaba elaborar formas de herencia crítica, en intervenciones polémicas de fuerte carga proyectual e implicación subjetiva. Estos rasgos quedan desplazados o velados en el género tesis, en el que tiende a perderse la soberanía sobre las lógicas que rigen el proceso de transmisión, que comienzan a depender menos de los propios intelectuales que de los automatismos de las instituciones universitarias y de investigación. Probablemente ya no aceptemos el gesto soberano del intelectual moderno y el ideal de independencia que estructura su modo de participación en el juego de las fuerzas sociales. Sin embargo, aún habremos de saber darnos formas de interdependencia en las que las ventajas intensivas de la especialización puedan articularse en diseños extensivos de redes de interacción y formas de agenciamiento colectivo que se sustraigan a la oscilación, típicamente moderna, entre individuo y burocracia, entre crítica e institución. Esta tesis/libro es síntoma de estas inquietudes: ¿qué tipo de sujeto intelectual heredará el legado de pdv? Pareciera que ya no otra “revista de cultura” que haga el relevo (como Contorno con Martín Fierro, como pdv con Contorno). No sabemos quién o qué lo hará. Pero ahora, gracias a este libro, disponemos de un excelente inventario de las principales aristas de esa herencia.

La introducción sitúa el proyecto de la revista entre dos derrotas políticas: la derrota de las utopías revolucionarias de los 60-70 en el golpe militar del 76, y la derrota de la promesa socialdemócrata en la larga década de los 90. De allí que el corazón del libro lo constituya el capítulo dedicado a los años 80 (la década corta que va del 83 al 87), el emplazamiento histórico más propicio para el proyecto de la revista.

En este marco, el libro despliega la historia de la revista en seis capítulos cronológicamente ordenados, sólidamente documentados y transversalmente articulados por la figura tutelar de Beatriz Sarlo. Esto último parece lógico dado el lugar estelar que ella tuvo en la revista de inicio a fin. Y, sin embargo, no es una opción sin costos, pues la multiplicidad de historias posibles o parciales que emergen oblicuamente en las páginas del libro, y que constituyen su vibración más rica, tienden a la unificación en la voz y trayectoria de su directora. Con todo, es una decisión que garantiza la sólida consistencia del relato.

Un capítulo inicial sobre los “años formativos” muestra el anclaje de la revista en la historia de la llamada “nueva izquierda” emergente en los años 60, que en nuestro país habría oscilado entre la “modernización” cultural de los 60 y la “radicalización” política en los 70. En esto la autora asume la perspectiva que de aquellos años ofrecieran los propios intelectuales de pdv, replicando el diagnóstico de una “canibalización” de la cultura por la política, dejando planteada la tarea de la cultura de izquierdas en la (pos)dictadura en los términos bourdieanos de la recomposición de un espacio para la autonomía del campo intelectual: el derecho al punto de vista.

En los dos capítulos dedicados a la revista bajo la dictadura se analizan dos estrategias o líneas de trabajo fundamentales en esos años: la de revisar el pasado, en ensayos referidos a nuestra tradición cultural, y la de diseñar un nuevo modelo de crítica, en la construcción de un dispositivo complejo de lectura que incorporaba influencias metropolitanas y latinoamericanas en un mismo proyecto de “sociología de la cultura”. Todo ello en el contexto de una transición general de la “revolución” a la “democracia” como horizonte de sentido, y en el marco del diálogo con el exilio que se planteara con la revista Controversia.

La sutil reconstrucción de este entramado podría haberse enriquecido con una tematización más explícita de la relación interna entre la adopción de un modelo de “sociología de la cultura”, de gran influencia posterior, y el correlativo abandono de la retórica revolucionaria. Tal como se ha sugerido en otros estudios (Dalmaroni, Peller, Schwarzböck, Acha, etc.), el abandono de la revolución implicaba un abandono de la teoría, del que la “sociología de la cultura” sería el primer síntoma. Ella habilitaba, a través de Bourdieu y la sociología de los campos, la reivindicación de una renovada autonomía para el “campo intelectual” a la vez que una nueva oportunidad para la idea de “modernización” como estructurante también de nuestras historias “periféricas”. En este registro, es problemático que el libro haya asumido la lectura simplificadora que pdv hizo del llamado “postestructuralismo”, pero, a pesar de ello, deja abierto el espacio para una pregunta que considero clave, y que luego retomará más explícitamente: ¿por qué la revista no deja ingresar al debate teórico el descalabro de parámetros que sin embargo tan abiertamente admite y promueve en la política?

El quinto capítulo aborda el proyecto de pdv en su momento de máximo esplendor, cuando el sueño de intervención política del intelectual parecía al alcance de la mano. Y lo hace a partir de tres dimensiones fundamentales: la crítica de las concepciones ideológicas anteriores desde la adopción de nuevas perspectivas políticas; la elaboración del trauma de la dictadura desde las agendas de la “memoria”; la pregunta por el nuevo rol de los intelectuales ante los desafíos de la democracia.

En lo referido al primer eje, Mercader lee de manera muy sutil algunas tensiones clave. Se trataba de interrogar, desde una perspectiva “posmarxista”, como se empezaba a decir en esos años, la nueva alianza entre “socialismo y democracia”. En ese marco, el libro deja ver una paradoja estructural de pdv y, quizá, de nuestros años ochenta en general: la oscilación entre la crisis y la obstinación de los “grandes relatos”. Como ya fue dicho, la revista necesitó abandonar los discursos totalizantes que en los años 70 habrían legitimado formas de la violencia en aras de una verdad de la historia. El nuevo horizonte democrático requería abandonar toda filosofía de la historia, y, sin embargo, el grupo editor fue siempre muy refractario a la tradición intelectual que más radicalmente intentó hacerse cargo de ese fin de la historia como teleología del sentido, el mal llamado “postestructuralismo”. De allí la aporía ulterior señalada más de una vez por la autora: aunque como parte de la agenda posmarxista se reivindicara la emergencia de los “nuevos sujetos sociales” que hacían estallar la centralidad del proletariado y de la “última instancia”, jamás ingresaron a la revista las problemáticas de género, ni poscoloniales ni de minorías. Esto marcó los límites de una idea de intelectual fraguada en una incuestionada noción (moderna/modernista) del “sujeto” (de la crítica) que, finalmente, se terminará convirtiendo en el gran escollo de pdv para acceder a lo contemporáneo, ese santo grial del intelectual moderno.

¿Cómo entender esta tensión? Creo que la palabra clave aquí es, nuevamente, “modernización”. Una palabra que conectaba los intereses intelectuales con los políticos al punto de convertirse en uno de los pilares del discurso de Parque Norte. Como si dijéramos: no hubo un abandono de los “grandes relatos”, sino más bien una laicización de estos. La “modernización” es el gran relato laico que, conectando a Bourdieu con Alfonsín, aún permitía seguir operando (¿con respiración artificial?) al intelectual tradicional en condiciones posmetafísicas. Pero ¿no es el de la modernización el más metafísico de todos los relatos, el relato del capital?

Dos últimos capítulos funcionan como coda. Los 90 fueron años adversos para el proyecto de pdv. La revista se replegó en una crítica al posmodernismo que asimiló a la lógica cultural del neoliberalismo, aplanando la complejidad del estado de la teoría en esos años, y desembocando en la paradójica posición de, por decirlo en una fórmula, un posmarxismo sin posmodernismo. El abandono de la revolución dejó intocado no solo el ideal de “modernización”, sino también la normatividad de “valores” modernistas para el arte y la cultura. La batalla por esos “valores”, encarada sobre todo por Sarlo, parece ser el último y voluntarista testimonio de una “transición” político-cultural trunca.

En esta línea, Mercader lee el contexto de la crisis del 2001 en términos tajantes: “the project of the transition had utterly failed” (p. 229). En 2001 estalla un impensado de los años dorados del alfonsinismo: la relación inextricable entre transición y neoliberalismo. A partir de entonces, y en medio de crisis internas cada vez más agudas, la revista se replegará sobre un alto modernismo alejado de la búsqueda de articulación de la cultura con el mundo de la política real.

Hoy vivimos en el después del 2008. El golpe de Estado como trauma de origen de pdv ha sido desplazado por los “golpes blandos” que desplazan la gramática dualista de “autoritarismo vs. democracia” en la que se fraguaron aquellos tiempos de la crítica; la función “modernizadora” del intelectual que oficia de aduanero de las novedades metropolitanas se disuelve en la circulación indiscriminada de información en las redes; la función selectiva y mediadora de la crítica es desplazada por la movilización cotidiana de usuarios que producen sus propios contenidos y criterios; la “revista” dejó de nombrar proyectos intelectuales de perfiles autorales y pasó a referirse a publicaderos anónimos donde los rankings de indexación han remplazado la idea misma de una línea editorial. ¿Qué significará, en este contexto, heredar pdv? Imagino una nueva reformulación de la pregunta de Piglia: ¿quién de nosotros/as escribirá Nuestros años ochentas? El de Mercader no busca ser tal libro. Pero ofrece piezas clave para imaginar su montaje.