10.48160/18520499prismas26.1324

Reseña

Quentin Deluermoz, Commune(s) 1870-1871. Une traversée des mondes au xixe siècle,

 

Jorge Myers (1)

 

(1) Universidad Nacional de Quilmes / CONICET

 

París, Seuil, 2020, 448 páginas

 

En el caso del sesquicentenario de la Comuna de París, celebrado en 2021, la habitual catarata de estudios nuevos que cada efeméride convoca no ha estado ausente, como era de esperar tratándose de un hecho de la trascendencia global que tuvo este. Si bien es cierto que ese experimento político y social duró tan solo 72 días y que su espacio de acción directa se limitó a los estrechos límites de la ciudad de París, el episodio supo conmover a una opinión pública letrada mundial –a la que fascinó tanto por el espectáculo inédito de un gobierno proletario cuanto por los niveles de violencia ejercidos por comunardos y anticomunardos, y sobre todo por la severidad brutal de la represión que siguió al hecho en sí–, generando intensísimas polémicas en por lo menos tres continentes. Revolución a destiempo para algunos, etapa final del ciclo revolucionario francés para otros, punto de arranque de una revolución comunista cuyo momento de apoteosis se daría en Rusia durante la Primera Guerra Mundial, para otros aun, la Comuna de París se convirtió desde su incepción en símbolo de la lucha revolucionaria de clases y en un episodio bisagra para cualquier interpretación del siglo xx que buscara vincular sus procesos intrínsecos a los anteriores que supieron definir el perfil político y social del siglo xix. No debe sorprender por ende que reediciones de documentos de época y de estudios clásicos, dossiers específicos dedicados a la Comuna en revistas especializadas y trabajos monográficos nuevos han estado integrándose sin pausa a los anaqueles de librerías y bibliotecas en todo el mundo desde 2019 en adelante. En medio de tanta página impresa, un libro en particular se destaca por la originalidad de su interpretación y la profundidad de sus propuestas: el que Quentin Deluermoz ha dedicado al análisis de aquella revolución de 1870-1871. Concebido desde el propio título como un estudio centrado en la dimensión global de la Comuna de 1871, la originalidad de su aporte no se limita a esa puesta en relación de su objeto con la nueva historia global. Entre los muchos aspectos novedosos que presenta, un elemento clave ha sido su empleo de las herramientas propias de la historia conceptual –entendida en un sentido amplio y plural– para la interpretación no solo de la densa producción discursiva que acompañó al propio movimiento revolucionario –un aspecto fundamental de este libro pero por cierto no el único–, sino también para reflexionar a partir de coordenadas renovadas acerca del propio estatuto de aquello que desde fines del siglo xviii en adelante se ha convenido en llamar “revolución”.

Siguiendo un procedimiento que privilegia la dimensión analítica por encima de la narrativa, el estudio de Deluermoz examina el “momento” de la Comuna de París a la luz de las distintas capas de sentido que contribuyeron a dotarla de densidad conceptual y que exigen colocarla (o recolocarla) dentro de marcos de interpretación múltiples y complejos: cronológicos, geográficos, discursivos, experienciales. Ejemplo impecablemente eficaz de las potencialidades de “l’histoire événementielle” que recobra sus fueros, enriquecida, luego de las largas décadas de hegemonía de la historia estructuralista y serial preconizada por la escuela de los Annales, el texto de Deluermoz dedica un trabajo minucioso a la reconstrucción de las distintas cronologías que el evento interpela de forma simultánea y paralela: desde una larga duración que remite a la historia de las “comunas” del medioevo (en particular las italianas pero no solo ellas) y, de modo más lejano, a las póleis del mundo antiguo, a una duración más inmediata que exige esbozar una interpretación de la política imperial en las postrimerías del régimen bonapartista, el curso de la guerra franco-prusiana, y el propio proceso general de creación de la Tercera República francesa; pasando por una temporalidad de mediano plazo que lleva a inscribir a la Comuna dentro de la tradición revolucionaria francesa inaugurada en 1789 y continuada en 1830 y 1848, cuyas resonancias explícitas demarcan otro registro más de inteligibilidad de los hechos que la conformaron. La exploración del plano geográfico arroja algunos de los hallazgos más importantes de este texto, a través de una argumentación que se desplaza hacia dos cuestiones nítidamente definidas. Por un lado, al inscribir al hecho comunardo dentro de la geografía más amplia del Estado francés (con sus posesiones de ultramar), subraya el hecho de que la Comuna de París estuvo acompañada por la creación de otras “comunas” en el propio territorio continental de Francia –Marsella, Lyon, Le Creusot, Thiers– con características ideológicas y sociopolíticas similares, pero también en Alger, donde la revolución en aras de una “república democrática y social” en esa ciudad se cruzó de modo complejo con una revuelta nacional bereber (les Kabyles) e islámica que tuvo lugar al mismo tiempo, y en Martinica, donde el estallido de una revuelta republicana que buscaba eliminar las últimas prolongaciones del hacía tiempo abolido régimen esclavista no estuvo ajeno a las resonancias de la revolución de la Comuna parisina. Al indagar explícitamente acerca del modo en que la existencia de esas otras “comunas” pudo incidir sobre el sentido de la parisina, el libro coloca en el centro la cuestión de la espacialidad como elemento clave para cualquier interpretación histórica que busque captar el pleno sentido de un episodio, de un “événement”, como el de 1870-1871. En función de ese mismo propósito, analiza también un espacio geográfico más amplio, aquel del mundo entero, que, en una era de comunicaciones transnacionales aceleradas por las nuevas tecnologías, supo ser el escenario, en el caso de la Comuna, de uno de los primeros hechos mediáticos globales: entender la Comuna desde la historia –social, política, intelectual– no es posible si no se toma en consideración el hecho de sus repercusiones en México, Vietnam, Estados Unidos, el Imperio otomano, y tantos otros lugares –cuya prensa Deluermoz examina–, donde nuevas capas de sentido –surgidas de los debates locales en cuyo seno se inscribían las noticias llegadas desde París y Francia en general– se conformaron, imprimiéndole mayor espesor aún a ese episodio de sentido tan denso. El plano de la experiencia vivida constituye otra veta explorada de forma magistral en este texto, en las secciones más abocadas a la reconstrucción narrativa del propio hecho: a partir de la interrogación acerca de cómo se convertía uno en “comunardo”, la interpretación de Deluermoz permite refrendar la importancia que tuvo en esta revolución la acción de la Asociación Internacional de los Trabajadores al mismo tiempo que redimensionar su alcance en función de la presencia a veces más decisiva aún de otros actores sociales y políticos provenientes de corrientes ideológicas cuya combatividad no necesariamente estuvo alineada con los postulados emanados desde su sede en Londres. Si el universo político-ideológico de los revolucionarios fue magmático por la pluralidad de corrientes presentes en su seno –como lo demuestra con precisión este libro–, la identidad social de quienes participaron en la revolución tampoco puede seguir limitándose al solo actor “proletario” u “obrero” a la luz de las exploraciones historiográficas realizadas durante los últimos cincuenta años: artesanos, funcionarios de bajo rango, amas de casa, comerciantes y toda una gama amplia de actores sociales del “pueblo” formaron parte de este proceso, del cual, por cierto, no estuvo ausente el “proletario” en su sentido más clásicamente marxista. Además, como no podía ser de otro modo en un momento como el nuestro, definido por el auge en todos los campos de la mirada atenta a la perspectiva de género –si bien este es un hecho que ya Benoît Malon en su célebre estudio de 1871 había destacado–,[1] el libro se detiene en la experiencia concreta, convulsionada y muchas veces trágica, de las mujeres de la Comuna.

La porción de su trabajo que Deluermoz dedica al análisis del plano discursivo –en clave de historia intelectual y conceptual– es sin duda la más pertinente a la temática de Prismas: también en este rubro son muchos los hallazgos que acerca este libro a sus lectores. A través de una lectura meticulosa y sutil que enfatiza la pluralidad de sentidos que supo habitar el discurso revolucionario producido por los propios comunardos, así como por sus defensores y contrincantes, aparecen recuperadas, al lado de escritores y pensadores canónicos como Louise Michel o Jules Vallès, figuras menores pero no por ello menos sugerentes, como Pierre Denis, cuyos artículos en Le Cri du peuple contribuyeron a definir de forma más explícita uno de los modelos político-ideológicos que la revolución de la Comuna podía representar: aquel de una república universal basada en una federación de ciudades constituidas en democracias autogobernantes y directas. Atento a lecturas ideológicas complejas, como las de Denis, Vallès, Marx, Malon o Bakunin, el estudio se concentra en las representaciones discursivas más generales del hecho que supieron circular en la prensa parisina (y en la prensa global que dialogaba con ella) para recuperar distintos sentidos de la revolución en curso: republicana y democrática –nociones que podían declinarse en el sentido del modelo de 1848 de “república democrática y social”, en el proudhoniano de “autogobierno y federación”, o también en el nacionalista romántico que enfatizaba los fueros de la nación en el momento crítico que la derrota ante Prusia había producido–; socialista y obrerista –en el sentido marxista de gobierno proletario–; municipalista –que buscaba reconquistar una autarquía municipal progresivamente conculcada bajo el Segundo Imperio–; comunitarista –en el sentido de enfatizar las nuevas formas de sociabilidad política que podían gestarse a partir de espacios en cuyo seno la relación directa, cara a cara, entre los ciudadanos era posible y productiva–; internacionalista –que concebía a la república de París no como un fin en sí mismo sino como el punto de partida para una revolución republicana de alcance universal–. Este elenco de posibilidades que trae a luz Deluermoz permite comprender mejor por qué, si un punto en común en casi todas las vetas discursivas que poblaron la prensa durante e inmediatamente después de la comuna fue la noción de “emancipación” –social, política, económica, cultural (la redefinición de las relaciones de género no fue un aspecto menor dentro de la euforia con que tantas mujeres vivieron aquellos 72 días, u hombres que practicaban una sexualidad alternativa, como enfatiza un estudio reciente sobre Rimbaud)–,[2] las formas concretas que ella podía asumir fueron muchas y muy diversas entre sí. Deluermoz examina tres de esas formas concretas: a) la transformación revolucionaria de las formas de vida en la ciudad como consecuencia del proyecto (o proyectos) encarnado(s) en la Comuna, b) la transformación personal experimentada por los individuos al sentirse marcados o regenerados por su militancia por la Comuna, y concebida muchas veces por ellos como un cambio de identidad con un antes y un después, y c) el propósito de acelerar “l’aurore d’un avenir nouveau”, es decir la instauración de un orden nuevo, que implicaba tanto la adopción de formas institucionales y de vida totalmente inéditas –esperanza y proyecto del cual no estaba por cierto ausente, lo reconoce explícitamente Deluermoz, cierto mesianismo moderno– como la liquidación de aquellas heredadas del pasado –una de cuyas manifestaciones más potentes fue la destrucción y/o transformación de las iglesias y el accionar iconoclasta más general, cuyo símbolo fue el derribamiento de la columna de la Place Vendôme–. Abordando en este punto dos lugares comunes muy arraigados en la historiografía sobre la Comuna –que no fue realmente revolucionaria ya que sus reformas institucionales fueron pocas y nulas, por un lado, o, por otro lado, que su único título real a ser entendida como revolución deriva del protagonismo central de los obreros y de la organización que decía representarlos, la ait– demuestra que la dimensión propiamente revolucionaria del episodio yace en otros aspectos de su corta pero intensa vida.

La parte sin duda más original de este estudio corresponde al octavo capítulo, cuyo carácter reflexivo e hipotético ha llevado a su autor a definirlo como un “ensayo”. Informado tanto por intuiciones tomadas de obras como las de Walter Benjamin o Reinhardt Koselleck como del ensayo de teoría historiográfica redactado hace algunos años por el propio Deluermoz con Pierre Singaravélou, Pour une histoire des possibles,[3] propone explorar la relación entre las temporalidades paralelas y alternativas que se entrecruzaron en la constitución del episodio histórico de la Comuna y las posibles formulaciones conceptuales de lo que ella abría como gama de posibilidades que ese entrecruzamiento pudo haber permitido. Combinando perspectivas centradas en las estructuras sociales de larga duración –como aquellas de Charles Tilly– con otras centradas en los procesos de cambio y ruptura en el mediano y cortísimo plazo, enfoca, empleando pistas halladas en E. P. Thompson, Aby Warburg y Georges Didi-Huberman, los vocabularios políticos y sociales evocados por el episodio de la Comuna –con sus procesos de invención y de resignificación–, para elaborar una teoría de la revolución. En función de esta exploración especulativa –formulada, siempre, a partir de la propia Comuna de París– postula la centralidad que tendría para la configuración de un momento de ruptura revolucionaria la interrelación entre “profundidades situadas” de sentido –correspondientes al fenómeno por el cual vocablos antiguos, como las “franquicias” o las “libertades” podían insuflarse de significados absolutamente novedosos, y sin embargo anclados en sus sentidos antiguos– y “profundidades de lo inactual” –que corresponderían a la relación posible entre las propuestas “milenaristas” o “utópicas” que configuraron también a los vocabularios puestos en circulación por la Comuna y resonancias de larga duración de las pudieron habitar, como por ejemplo la creencia en la posibilidad de una emancipación completa de toda dominación social–. Esa interfase entre el espacio de la experiencia y el horizonte del porvenir es interpretada por Deluermoz de un modo más complejo y radical de lo que daría a suponer un lenguaje koselleckiano: la Comuna, en cuanto revolución, habría sido una heterocronía en cuyo interior, además de la coexistencia de pasado y futuro, habría sido decisivo su carácter de “tremblement”, es decir, su aspecto volcánico, de instante único e irrepetible de temblor de todo lo normal, de todo lo sólido. Para entender la Comuna, para entender toda revolución, Deluermoz hipotetiza que es necesario aferrar hasta donde sea posible, empleando las herramientas de las que dispone el historiador, los propios contornos inciertos de un momento histórico invadido y sacudido de pronto por la abrupta apertura hacia un universo de posibles.



[1] “Un fait important entre tous, qu’a mis en lumière la révolution de Paris, c’est l’entrée des femmes dans la vie politique”; Benoît Malon, La Troisième Défaite du Prolétariat Français, Neuchâtel, G. Guillaume Fils, 1871, p. 272.

[2] Kristin Ross, The Emergence of Social Space: Rimbaud and the Commune, Londres, Verso, 2008.

[3] Quentin Deluermoz y Pierre Singaravélou, Pour une histoire des possibles, París, Seuil, 2016.