Cecilia Tossounian,

La joven moderna in Interwar Argentina: Gender, Nation, and Popular Culture, 1920-1940,

Gainesville, University of Florida Press, 2020, 165 páginas

La historiadora Cecilia Tossounian ofrece un estudio refrescante sobre las imbricaciones entre género y nación en la Argentina de las décadas de 1920 y 1930. Tossounian desarma y a la vez reconstruye la historia sociocultural de la figura de la joven moderna. Omnipresente en múltiples expresiones de la cultura de masas del período, en este libro la figura de la joven moderna es una puerta de entrada para analizar las transformaciones de las expectativas y los debates sobre género, y sobre los modos de construir representaciones de lo nacional. La joven moderna in Interwar Argentina establece un diálogo fluido con un grupo amplio de historiadoras que han analizado la emergencia y la diseminación de la “chica moderna” alrededor del mundo en la inmediata primera posguerra (por ejemplo, The Modern Girl Around the World Research Group, The Modern Girl Around the World: Consumption, Modernity, and Globalization, Duke University Press, 2008). Como parte de esa historiografía, Tossounian estudia el carácter transnacional de esa figura, dando cuenta de la simultaneidad de su irrupción, de los vínculos entre los focos de su diseminación y las empresas norteamericanas de publicidad y cine, y de los rasgos físicos y actitudinales con los que se la singularizaba –la delgadez, el hedonismo, el consumo, los intentos de autonomía–. Antes que solo dar cuenta de cómo arraigó la figura de la joven moderna en la Argentina, Tossounian atiende a sus variantes y pone en juego una minuciosa lectura de fuentes variadas (publicidad, revistas, novelas y cine).

Escrito de manera llana y amena, el libro realiza tres grandes contribuciones a la historia cultural de la Argentina de la primera mitad del siglo xx.  En primer lugar, La joven moderna in Interwar Argentina contribuye de manera decisiva a refinar nuestros conocimientos sobre las transformaciones en la cultura de masas –o la cultura popular, como la denomina la autora– y sus vínculos con las identidades y las percepciones de clase. Inscribiéndose en una línea de indagaciones en las que destaca el trabajo de Matthew Karush (Cultura de clase: radio y cine en la creación de una Argentina dividida, 1920-1946, Ariel, 2013), el libro navega entre distintas expresiones de esa cultura de masas atendiendo a los modos en que, antes que ocluirlas, producían y reproducían distinciones y diferenciaciones de clase. En segundo lugar, Tossounian toma partido por una interpretación positiva sobre cómo la tríada cultura de masas, consumo y belleza constituyeron espacios y prácticas relevantes para las mujeres jóvenes del período, especialmente porque permitían la construcción de expectativas y posiciones identitarias con un foco en la “emancipación”. Debatida y cuestionada por muchos actores clave, la “chica emancipada” apareció con fuerza y esplendor en estas décadas y, con transfiguraciones, tuvo una larga vida a lo largo del siglo xx. La joven moderna in Interwar Argentina aporta elementos conceptuales e históricos convincentes para ponderar la relevancia de esas prácticas generalmente desatendidas o subestimadas a la hora de reflexionar sobre la construcción de identidades que, como tales, son relacionales en términos de clase, y de género. En tercer lugar, Tossounian muestra cómo cada una de las variantes que adquirió la figura de la joven moderna fue entretejiéndose con discusiones y controversias en torno a la nación y sus modos de representación, siempre en el amplio marco de la cultura de masas –una esfera generalmente desatendida por muchos estudios sobre el nacionalismo en nuestro país–.

El libro se divide en cinco capítulos y un epílogo.  El primer capítulo reconstruye el panorama sociocultural de las décadas de 1920 y 1930, con énfasis en la formación de pautas de consumo que, con distintos grados y modalidades, alcanzaban a sectores sociales cada vez más amplios. La autora remarca que en la Argentina, como en el resto del mundo, el consumo masivo fue rápidamente “feminizado”. Más allá (y más acá) de las estrategias de marketing, un conjunto de actores socioculturales apuntaban a la cristalización y modernización de la figura de la madre y ama de casa, mientras que la convergencia de cambios en la esfera educativa y el mercado de trabajo hacían posible la extensión de empleos nuevos y, con ellos, una permanencia más sostenida y diversificada de las mujeres (jóvenes) en el espacio público. Vestidas y maquilladas para su tránsito urbano, esas mujeres accedían a revistas, novelas y películas que colocaban la figura de la joven moderna en el centro de una nueva visualidad, y también
–con ella– de controversias sobre lo lícito en términos de comportamientos en las relaciones entre varones y mujeres y la moral sexual. La figura de la joven moderna ganaba preeminencia en la cultura de masas al mismo tiempo en que esta servía para redefinir las representaciones de lo nacional.

Tras ofrecer un pantallazo de las condiciones que hicieron posible el surgimiento de una sociedad de consumo en Buenos Aires, los siguientes cuatro capítulos se dedican a desarmar la figura de la joven moderna a partir de sus variantes. El capítulo 2 analiza la llegada de la “flapper” norteamericana a la cultura de masas en nuestro país para, luego,  ponderar similitudes y diferencias con la joven moderna doméstica. Diseminada con la llegada de los filmes de Hollywood y sus reverberaciones en las revistas ilustradas, la “flapper” llamó la atención de diferentes voces críticas –de periodistas e intelectuales– que la tomaban como epítome del “American Way of Life” y lo que este supuestamente representaba en relación con la superficialidad y el pragmatismo en las relaciones de pareja, familia y sexualidad. En esas discusiones se colaban también temores sobre cuánto de las actitudes de la “flapper” podría ser compartido por las jóvenes argentinas. A diferencia de la “flapper”, la figura de la joven moderna en nuestro país se ancló a las representaciones de las clases altas. Comentarios periodísticos e historietas, indica Tossounian, mostraban a jóvenes de familias ricas que, al entrar en contacto con la cultura popular –en el marco de los cabarets y la noche tanguera– devenían “modernas”. Uno de los aportes más sugerentes del capítulo, en mi lectura, es la historización de esta figura en el mediano plazo. Así, la autora muestra que un segmento de filmes de la década de 1930 y comienzos de la siguiente –como los protagonizados por Paulina Singermann– narraban los esfuerzos por “domesticar” a la joven moderna, y mostrarla capacitada para sensibilizarse ante lo popular, por un lado, y desarrollar un “instinto maternal”, por el otro. Saliéndose de la figura más emblemática de la joven moderna (la rica y hedonista), el tercer capítulo reconstruye otra variante: la joven moderna trabajadora. Se trata de un capítulo que cabalga entre las representaciones y los indicios de experiencias de las jóvenes que, desde la década de 1920 en adelante, se ocuparían en trabajos administrativos o en comercios. A diferencia de la propuesta de Graciela Queirolo (en su Mujeres en las oficinas: trabajo, género y clase en el sector administrativo, Buenos Aires, 1910-1950, Biblos, 2018), el capítulo toma a las jóvenes trabajadoras en su dimensión de consumidoras
de entretenimientos, ropa o artículos de belleza, esto es, de insumos para su producción de identidades nuevas, “emancipadas”. Las jóvenes trabajadoras, por supuesto, despertaban un conjunto de temores en torno a la sexualidad y también a la posible “mezcla” entre clases sociales, pero su presencia en el mercado de trabajo y en el espacio urbano era vista como un signo más de una “modernización” con la cual –señalaban los consejos de las revistas– tenían que aprender a lidiar. La imagen de la “milonguita” estaba allí, instalándose, para indicar las amenazas latentes para quienes no pudieran atravesar esa delgada línea entre decoro y apertura que se desplegaba en los tránsitos entre el trabajo y el consumo.

Los dos últimos capítulos de La joven moderna in Interwar Argentina se abocan a variantes más específicas. El capítulo 4, por ejemplo, explora la construcción de la figura de las jóvenes atletas, que podría ser el contrapunto de la joven moderna en su versión rica y hedonista –además de delgada, lánguida y posible presa del estrés–. Tossounian reconstruye aquí las preocupaciones crecientes sobre el cuerpo femenino sano, y bello, tanto como las diferentes propuestas para delinearlo.  Como sucediera con las trabajadoras, también aquí la autora desentraña las voces y las iniciativas por las cuales se dibujaba una línea delgada entre la atleta competitiva y la gimnasta, o antes bien entre
la práctica deportiva y la femineidad. El quinto y último capítulo, mientras tanto, se aboca de manera más decidida a las relaciones entre las representaciones de género y nación. Centrándose en los concursos de belleza de fines de la década de 1920 y comienzos de la siguiente, y en especial en aquellos donde se eligieron representantes que irían a concursar a escala internacional, el capítulo no solo muestra el interés y la promoción de esos eventos en y por la prensa diaria sino también la avidez que generaba entre muchas jóvenes ricas y trabajadoras. Como sucediera alrededor del mundo, la elección de las jóvenes que competían en nombre del país implicaba la puesta en juego de una serie de micro decisiones que incluían valoraciones sobre el cuerpo y el color de piel, además de otras relacionadas con actitudes y costumbres. Así, las preferencias de los jurados recaían en jóvenes delgadas y blancas –que obliteraban en sus presentaciones públicas sus filiaciones con orígenes étnicos “dudosos” que provenían, en lo fundamental, de los emergentes sectores medios y de los espacios extra-porteños–. Se trataba, en suma, de una dinámica de representación de lo nacional engarzada en los cuerpos de mujeres jóvenes, y de una representación que ponía el acento en mostrar un país blanco y europeo.

El epílogo, de carácter especulativo, incorpora lo que potencialmente sucediera con las variantes de la figura de la joven moderna durante el peronismo. Desde mi lectura, el epílogo no le hace justicia a la riquísima investigación de base del libro ni  tampoco al esfuerzo que la historiografía –que incluye, por supuesto, a esta monografía– viene realizando por autonomizar el estudio de las décadas de 1920 y 1930 en clave cultural, sin identificarlas como un prolegómeno hacia la experiencia peronista. Quienes se interesan por esas décadas, así como quienes estudian la historia del género y de las mujeres, de los y las jóvenes, y de la cultura de masas darán, damos, la bienvenida a La joven moderna in Interwar Argentina y a su versión en castellano, La joven moderna en la Argentina de entreguerras (Prohistoria, 2021), un libro que ofrece contribuciones sustanciales y que abre un campo de interrogantes para la historia cultural en su conjunto.[1]

Valeria Manzano

Universidad Nacional
de San Martín / conicet



[1] Cuando nos llegó la noticia de la edición en castellano de La joven Moderna, la reseña sobre su versión en inglés ya estaba en prensa.